miércoles, diciembre 26, 2012

Las ausencias




Las ausencias pueden atrapar todo el espacio cuando se lo proponen, son capaces de aturdir el silencio, destronar la calma, desmayar gigantes, eclipsar la muerte. Las ausencias pueden. En la piel de mis manos me ha quedado el tibio calorcito, el último calorcito producido por el cuerpo de mi padre mientras se moría, despacito se fue muriendo, desvaneciendo, dejándose caer y desapareciendo, al rato ese cuerpo duro y frío ya no era él, apenas parecía un tronco seco descuajado de algún árbol. Las ausencias también matan y algunas nunca se van, quedan, como un mueble viejo, como esos aparadores pesados y llenos de platos aún más viejos e intocables, instalados en la mitad de los corredores y que no se pueden evadir. Siempre están, como si fueran un recuerdo recurrente y palpable.
Los amigos que se van lejos, que de vez en cuando pasan rápido por tu vereda porque ahora viven apurados, que te invitan a sus casas pero sus casas ya no quedan cerca y entonces todo ese ahora voy queda en el difuso mundo sordo del ya vamos a ver y se parecen mucho al nunca más y así se van las charlas difuminándose en el tiempo, de ese tiempo que no se mide en ningún aparato, que no se siente más que aquí adentro y entonces te dan ganas de gritarle que se apure en volver o que no se apure y se quede porque en cualquier momento dejaremos de ser nosotros y ya no hará falta el encuentro porque seremos otros y a los otros… a los otros ¡qué les importa! A los otros no les importa nada. Sólo a nosotros nos importa contarnos algo a esta hora de la tarde o de la noche, contarle al amigo que no está algo que queríamos decirle hace tiempo y lo guardamos para este momento, mientras las calles se siguen alargando, estirando, mientras siguen las mesas de los bares mugrientos llenándose de plástico y los carteles tienen cada vez más luces y las bandas de rock se parecen cada vez más y se acoplan sobre el mismo sonido, tanto que ya casi ni se distinguen y ni se oyen. Pero sin embargo ese amigo no está y se siente. Es extraño, pero se siente. “Te extraño”, dicen que se dice, pero los amigos hombres no decimos esas cosas, esas cosas no se dicen así. Venite a tomar una cerveza la concha de tu madre, ya te volviste puto, recabrón, lavate la chota y venite a porronear con los vagos, si te tiene recangando la otra yegua que tenés de jermu, pero si no te ha dejado ni el pucho en la oreja… chupapija!, así, de esa manera y no de otra, los hombres le decimos “te extraño” a un amigo que no está cerca.
Justo cuando me había olvidado me acordé de vos, justo cuando ya no hacía falta el esfuerzo por evadirte de los recuerdos te encuentro cruzando la calle y el tráfico estúpido que no me deja huir y tengo que abrazarte otra vez, darte un beso, preguntarte cómo estás, como si no lo supiera, como si no supiera que estás en algún lugar siempre menos ahora, porque ahora estás justo aquí al lado mío. Tengo que fingir, cómo si no supiera que estás con ese tal otro que no tiene cara de nada, que no puedo descifrarlo, que no se parece a nadie que yo conozca y que siempre saluda animoso, sonriente, creyendo que me voy a poner celoso, el muy cretino, y te hace poner nerviosa, y allí es cuando me cago en la puta calle y el tráfico estúpido que siempre cierre el paso, quizás si viviéramos en una ciudad más grande, una ciudad con más tránsito pero con más calles que se cruzan, quizás disminuyeran las posibilidades de encontrarte cruzando la calle sola o con ese tal otro que saluda animoso, que sonríe, que hasta parece contento de hacerte poner nerviosa, el muy idiota, y casi no tengo ganas de responder a tus preguntas, preguntas de cortesía, del trabajo, de la familia y tu comentario de tía solterona sobre las fotos de mis hijos que viste en Internet, que se parecen a la madre y la suerte que tuve de encontrarla y tu recurrente comentario de que vos todavía no tenés niños, y eso que Cristián se muere por tener hijos, pero que vos todavía no y la puta madre que lo parió al Cristián. Y por un momento me olvido de las ceremonias y te digo a boca de jarro que todavía sigo soñando con vos, que siempre pienso y no me imagino cómo hubiera sido con vos, y es allí cuando tu cara cambia, como en una película, cambia el plano y me mirás fijo, y el tiempo es una mentira, el encuentro en la calle es una escena que pasa junto al colectivo que rechina cuando el chofer pone segunda y vos te vas, arguyendo una demora, construyendo otra fantasía, y el tiempo queda detenido con el sonido del motor diesel, el humo, el olor a gasoil mal quemado, una nube gris y espesa sigue suspendida sobre la senda peatonal a dos metros del piso.

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