martes, diciembre 28, 2010

Roberto


Roberto está cansado, el año se le ha venido encima como una elefanta en cinta de trillizos. El balance está en veremos, no llega a terminarlo para el 30 ni aunque lo auxilien una docena de secretarias de anteojitos. El balance es una mentira, la realidad de esta oficina vidriada es una fantasía. Roberto quisiera estar en medio de la montaña con las patas metidas en un arroyito helado, pensando en el devenir de la humanidad como si pensara en ir comprar un rodillo de alambres, o mejor dicho, Roberto piensa en el devenir de la humanidad casi todo el tiempo, mientras camina por la calle o asa a la parrilla medio kilo de mollejas, mientras va a comprar doscientos gramos de mortadela, mientras revisa el libro de compras, mientras escribe sus relatos a escondidas de sus compañeros de trabajo, cuando en rigor debería cerrar el balance del año, pero esto último está tan lejos, a millones de años luz de la realidad. Hoy Roberto tenía pensado escribir un cuentito apenas llegara a su oficina, una breve narración que se le ocurrió mientras salía de su casa y su mujer le recordaba el listado de cosas que debía hacer antes de volver. Pero su mente quedó en blanco cuando por el camino un Rastrojero rojo que salía de una lateral se le cruzó en el Acceso Este y casi se lo lleva puesto. Fue tal el julepe, que a Roberto se le borró de la mente la argumentación del relato y los pedidos de su mujer. Hizo el intento pero fue imposible, nada quedaba del relato, ni la mínima idea, ni la palabra inicial, ni el remate gracioso e inesperado que lo había hecho reír solo y a carcajadas minutos antes, justo cuando el viejo del Rastrojero se le cruzó en el Acceso. Apenas le quedaban retazos de unas presas de pollo que debía pasar a buscar por la avícola de Guaymalllén, pero no recordaba si estaban pagas o debía pasar antes por el cajero a sacar dinero. Ahora recordaba algo de un regalo para el nieto, pero tampoco sabía bien si eso su mujer se lo había pedido hoy o la semana pasada. Me cago en el viejo del Rastrojero y lo puta que las parió las patas de muslo. Ruge Roberto. Otro día más sin escribir un cuento. Otro día más sin agregarle un toque de su genio creativo a la humanidad. Otro día más sin cerrar el balance, aunque esto último esté a millones de años luz de la realidad.

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