viernes, octubre 15, 2010

El Profesor de Literatura II: Esa pendeja coge



"Esa pendeja coge, profesor. No me diga que no”. Quién afirma esta verdad a voces es Carlitos, celador del Centro Educativo de Nivel Secundario, que con sus 34 años ha convencido a directivos y al cuerpo docente que nadie podría ejercer mejor que él las funciones de maestranza, conserje o lustrabotas de turno. Por una particular razón, el profesor de literatura le tiene un aprecio desmesurado, sucede que Carlitos es el mejor preparador de café de todo el sistema educativo. Sabida es la satisfacción que le da a este profesor entrar a la cocina y deleitar su paladar con ese elixir del caribe. Es un misterio la razón por la cual el profesor de literatura no toma café en su casa. Las malas lenguas afirman que no tiene casa, que vive en una terraza, y se pone en duda si dicha vivienda satisface las necesidades básicas de higiene y bienestar. La duda se convierte en leyenda en aquellas mañanas cuando el profesor llega al establecimiento con la cara más pálida que un funebrero en una película de Tim Burton. La bulliciosa sala de profesores enmudece por unos segundos cuando el profesor de literatura ingresa para firmar su asistencia. Más que el paso de un ángel, la aparición del profesor se asemeja a la de un fantasma caído en desgracia. Las reaccionas ante su presencia son diversas: la profesora de química y matemáticas lo ha excluido de su cariñoso beso en la mejilla, que suele dar a todos sus colegas, gratificándolo apenas con una simple bajada de parpados. El profesor de historia, sociólogo desgravado, le tiene aprecio, pero prefiere seguir a la horda de comentarios mal habidos antes que caer en sospecha. A la profesora de biología le atacan sentimientos encontrados, por un lado se suma sin problema al desprecio colectivo, pero por otro lado le es imposible evitar la revolución hormonal que le provoca la desalineada conducta de este singular profesor. Los demás sólo miran fijamente el reloj intentando detener el tiempo y que nunca sea la hora de entrar a clases. Con semejante recepción, el profesor de literatura se limita al saludo formar y se despide excusando que va a pedirle un café al celador. El ingreso a la cocina está vedado a todo personal que no sea de maestranza, incluso a la directora, sin embargo Carlitos hace una excepción con el profesor de literatura, con quien intercambia opiniones de la vida cotidiana y del devenir de la humanidad, pero siempre con afirmaciones tan voraces y profundas como la que se describe a continuación: “Mire cómo le han crecido las tetas a esa pendeja, profe”

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