domingo, julio 18, 2010

El Tincho elige



El Tincho elige y, como siempre, lo hace con el corazón, elige lo que siente y me elige porque me quiere, pero yo no soy bueno, él lo sabe, pero todos sabemos que el Tincho elige con el corazón y no con la cabeza.

En la cancha somos siete contra siete, y de los nuestros los únicos que la mueven en serio son el Podo al medio, a lo Bochini, Pablito al fondo, impasable, y de golpe Santy con algún remate derecho al arco, el resto somos pura bohemia. Fernando va al arco de puro acomedido y porque sabe que ese puesto le asegura el whisky detrás del poste izquierdo y un cigarrillo negro siempre en la jeta. El Pelado amedrenta con el físico y por eso lo pusimos tirado ade lante, para que le queden cerca las pelotas detenidas y los corners, si no la toca o si no vuelve después de un avance, no importa.

El Tincho acomoda la pelota en el centro de la cancha y se persigna, luego se sube las me dias negras y rojas y me mira satisfecho, como diciéndome, -viste que los elegí, viste que los quiero a mi lado, en mi equipo- . Pero él y yo sabemos que somos malos, que podría haber elegido un equipo mejor, que del otro lado quedaron todos los que saben jugar. Pero la verdad es que el Tincho no elige sólo por cariño, él intuye una técnica cuasi-romántica que supone que los sentimientos son capaces de superar por mil a la técnica escéptica, es mucho más efectiva que la escuela de la pura especulación.

La cosa es que de los últimos ocho partidos no hemos cosechado más que seis derrotas contundentes, un empate roñoso contra el reducido del Sindicado de la Carne y un dudoso triunfo contra unos pibes de séptimo grado. Este último, un histórico partido, fue el momento más cercano en que hemos sentido a la gloria sentada en nuestras piernas. El triunfo lo conse guimos con un penal cobrado después de que el Pelado se enredara con la pelota y se des plomara en el área, aplastando al abanderado de la Escuela Primaria del barrio, cuestión que nos dio mucha lástima. Ese día, después de ejecutar el penal, el Tincho lloró sin consuelo un buen rato a la orilla de la chancha, no sé si de la emoción por el triunfo o por la cara de sufri miento que puso el pibe de la pierna quebrada mientras se lo llevaban.

Pero ahora estamos en el medio de la cancha y el Tincho me está mirando y me dice con una guiñada -hoy ganamos Clau, hoy ganamos como aquella tarde del penal. Y yo que vengo con algo de asepsia por las últimas y contundentes derrotas, de golpe me ilusiono, porque yo también soy otro que no puedo más con los sentimientos, y el Tincho tiene eso que te mira con esos ojos grandotes y te pone la piel de gallina.

Entonces saca la pelota del centro con un pase para Pablito que la toca de primera al Podo, este la pisa y me la pasa, la paro y dudo un instante, el Podo se desespera y me pega el grito “por la misma”, yo la piso mientras lo veo a Santy que pica medio cruzado hacia la derecha, dudo, el Podo ya me está puteando, dudo nuevamente, amago hacer un pase largo y la vuelvo a pisar, ahí lo veo al Tincho subiendo junto al Pelado por el medio, dudo por enésima vez y cuando se la quiero tocar siento un empujón: es el Loco Ale que viene subiendo como una trompa y me la arrebata, se lleva la pelota rozando el suelo. En cuanto Pablito lo sale a cortar el Loco salta como un canguro y entra sólo al área con pelota dominada y tira un bombazo: GOL del Ale… Fernando parado en el medio de los tres palos, se ríe.

Volvemos de nuevo al centro del campo, el Tincho me vuelve a mirar con sus ojos grimosos y me la pasa como devolviéndome la confianza junto con la pelota, esta vez ni la pienso y la re viento para delante porque Santy ya entró definitivamente en offside y la tiró a la mierda por arriba del travesaño. Empezaron a pasar los minutos y nos vamos acomodando, sin embargo la flaqueza de nuestras destrezas comienzan a dar sus frutos, porque ahora Tomasi, el pales tino, hace una pared de ida y vuelta con el Loco Ale que después de dejar en el camino al Podo se la sirve en bandeja para el Turquito, que ya le ganó la espalda a Pablito y no tiene más que cruzarla suave al palo que Fernando a dejado descubierto y…Gol. Dos a cero y recién empe zamos. Este segundo gol no significó sólo la conjunción de errores personales sino también un despropósito colectivo, la vimos pasar como si estuviéramos de incógnitos en la cancha. Como todo buen capitán el Tincho vuelve al centro y nos mira desafiante y nos pega un tiro de guerra: “¡vamos carajo, que los quiero!” y escupe fuerte sobre el piso pelado.

La batalla continúa y a cada instante se ennegrece aún más nuestro horizonte, porque del otro lado quedaron siete titanes que no pierden ningún pase, que ganan todos los cabezazos, que sincronizan pases de pizarrón, y sobre todo porque de este otro lado estamos nosotros, los sentimentales. Pero a pesar del poderío del adversario, continuamos íntegros y seguros de nuestras fortalezas, porque nuestro cariño se contagia con cada pifia, la mística de nuestro equipo se agiganta en cada pelota que perdemos, el compromiso se aferra con los caños y las gambetas con las que se lucen los contrarios, la fidelidad del grupo sigue intacta a pesar de los cinco goles que ya hemos recibido al término del primer tiempo.

En notable signo de solidaridad Tomasi, el palestino, sugiere hacer un cambio y pasarse a nuestro bando, a fin de que se puedan igualar las cargas y que el partido recupere algo de dignidad. Uno de nosotros debe pasar al equipo contrario, yo me ofrezco sin más remedio, sabiendo que este debe haber sido mi peor partido, pero el Tincho se niega enérgicamente, está ofendido en su foro más íntimo, no soporta tremenda traición y me vuelve a mirar con esos ojos que te ponen la piel de gallina. Vuelvo a mi campo y respiro hondo toda mi tribulación, estamos cayendo tan bajo, tan a fondo, será imposible sublimar este karma.

Otra vez en el centro de la cancha, el Tincho me mira como diciendo –hacé de cuenta que te volví a elegir. Todavía sin entenderlo, mágicamente, sobre la mitad de la segunda parte el equipo adquiere cierto misticismo. Es cierto que ahora estamos perdiendo siete a cero, pero algo extraño nos está pasando. En menos de dos minutos ya logramos conectar tres pases sin perderla y hasta el Pelado probó al arco con un remate fuerte y cruzado, lo que obligó al ar quero arrastrarse por la chepica reseca. Una aureola de honor nos protege de los certeros ata ques del enemigo y nos damos el lujo de exigirles cierta concentración, ya no se los ve tan relajados, están algo nerviosos y hasta se han rejado un par de pueteadas entre los defenso res, sobre todo ahora que el Podo ha dibujado dos gambetas con un caño memorable y ha dado inicio a un triangulo isósceles con punto de apoyo en Pablito, que ahora la cruza de pri mera cerrando la tangente para que el Santy otra vez la mande a la mierda, sólo que esta vez a cuatro metros del palo izquierdo.

La pelota vuelve a rodar mientras el sol se va despidiendo en un atardecer alucinógeno, vio letas aureolas quedan suspendidas en el cielo simulando ser ánimas desperdigadas, metáforas de los espíritus, esta es la hora de los desgraciados, de los desprendidos del alma, de los huérfanos de gloria y honor. Quedan pocos minutos de luz y el juego agoniza, el Tincho la pisa y nos mira, su nobleza nos obliga a no retirarnos del combate sin dar la última gota de sangre que nos quede sin vergüenza.

Insólitamente estamos cruzando el medio campo con pelota dominada, el Podo bambolea su cintura y la cruza para que Santy la devuelva redonda a un Pelado iluminado, que en una ma niobra que nunca antes habíamos experimentado se deshaga de la marca y descargue para Pablito, que sube por la orilla y tras un grave error de la defensa me haga efectivo un pase para dejarme sólo frente al arquero. Este es el momento, la tengo bien atada, no tengo que dudar, no voy a pensar, ya elegí el palo menos protegido, ya puse mi mente en blanco y mi corazón se detuvo, estoy preparando el latigazo para darle con todas las ganas cuando una fuerte energía me levanta por los aires y me arrastra indefectiblemente por el suelo. Es falta del Turquito en medio del área, es penal para nosotros.

El Tincho acomoda la pelota en un imaginario punto del penal, se levanta las medias rojas y negras, se persigna, mira el cielo, nos mira a cada uno de nosotros con esos ojos grandotes que te ponen la piel de gallina, y finalmente retrocede uno, dos, tres pasos e improvisa una carrera lenta pero segura que termina largando la pelota reverendamente al centro del arco, justo ahí donde el arquero ha dejado su cuerpo pero con las piernas abiertas.

Es indescriptible la sensación de descontarle a la gloria, un mar de fuego inagotable de ca riño y zozobra nos inunda, la sangre fluye como surgida de una vertiente volcánica. El Tincho nos besa y nos abraza, nos mira y nos repite, mientras llora y grita, grita y llora: yo los elegí, yo los elegí.

Es verdad que el marcador es adverso, es cierto que somos superados en todas las áreas, no podemos negar nuestras tristes limitaciones. Sabemos que este gol de penal que festeja mos cuando el partido está prácticamente definido, quizás ni se parezca al gol de la victoria, pero un abrazo furtivo nos funde indefectiblemente con un misterio y nos deja con una duda: ¿El gusto de la victoria escéptica y tibia, hija de la técnica y el cálculo, tendrá el mismo sabor de la derrota de los que eligen con quién jugar?

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