martes, mayo 18, 2010

La Sonrisa de los Próceres



Fabricantes de mentiras
Los fabricantes del sentido patriótico del siglo XIX no nos regalaron ni una imagen feliz de nuestros próceres. Todos nuestros héroes de la independencia y de la Nación aparecen serios, soberbios, cansados, morbundos o enfáticos en sus retratos. A nadie se le ocurrió dibujarles una sonrisa, decorarlos con el aire “giocondesco” que corre en el filo de todos los pinceles. Podía ser tan simple, tan cercano a la realidad, con solamente doblar hacia arriba la comisura de los labios. Cuántas veces habrán carcajeado al unísono con la ocurrencia de algún chascarrillo estos buenos señores, aún incluso posando para ser retratados por los pintores timoratos de la época. Nada nos ha quedado de tal felicidad, toda la alegría se la llevó el viento, el polvo y el barro, los verdes laureles y los dolores de la guerra.

Chantas de la historia sexual
A pesar de esta búsqueda histórica de la alegría cotidiana, hay que precaverse de ciertos vendedores de humo. Existe hoy en las góndolas de las librerías un intento de recrear la historia “alegre” de nuestros próceres, léase “Historia sexual de los argentinos. Tomo II”. Creación de un escritor de dudosa e intangible intención histórica, que sin aportar demasiado a la revisión biográfica de los héroes, tampoco aporta mucho a la historia de la sexualidad de los argentinos. Me refiero a Federico Andahazi, un chanta confeso, que se da el gusto de querer completar una trilogía de la historia sexual de los distintos personajes del manual Kapeluz, que no llega a ser más que un catálogo de anécdotas risueñas; otras divertidas y algunas trágicas, pero muchas de ellas archisabidas. Lo más ocurrente de este libro es la tesis que pretende defender “no se puede comprender la historia de un país sin conocer la historia sexual de sus protagonistas”, pretensión ostentosa que no sólo parece escapada del programa de Jorge Rial, sino que jamás será revalida en todo el trabajo.

Caras de culo
Lamentablemente no nos alcanza simplemente con saber con quién o cuántas veces hacían el amor los libertados de América, o si eran o no homosexuales los creadores de la bandera, o si gustaban de las orgías los maestros inmortales, o si eran pederastas los caudillos de las montoneras, para poder entender el porqué de los designios de la Nación que cada uno de estos tipos tuvo entre sus manos (o entre sus piernas). Si de lo que se trata es de rescatar el sentido manifiesto de la vida en las imágenes de quienes se supone debemos representarnos, creo que esas imágenes ya se fueron, se esfumaron con sus alientos, nadie pudo mantenerlas a resguardo, se perdieron. La inquisición de la construcción histórica, imaginación que arrasó con todo aquello que pudiera ser palpable, nos dejó unos robustos bustos de bronce, con el porte y el rostro de señores muy rubios y esbeltos con una prominente cara de culo. Rostros y expresiones que no nos dicen demasiado de la historia de su tiempo y de su pueblo, sino que más bien la ocultan y la rechazan.

Venganza siglo XX.
Los próceres del siglo XX trajeron su venganza bajo el poncho, y la tecnología puesta al servicio de la fotografía tradujo su retruque en múltiples posibilidades. Gardel por ejemplo puede sonreírnos desde la inmortalidad porque él inventó la pose de la estrella pop telúrica y para estrellas como él todo les está permitido. Evita, la maldita, puede sonreír con su pelo suelto mirando al horizonte porque ella es así, maldita. La foto del Che que eligieron para inmortalizarlo no es de mi agrado, está demasiado serio, pensativo, ensimismado. Es una imagen que segrega demasiada solemnidad para la figura de un revolucionario del caribe. En cambio, Juan Domingo se ríe todo el tiempo (es imposible ese muchacho) no hay nada en este mundo que le pueda cambiar el humor, y así quedó para siempre, sonriendo a lo “Juan Bonachón” ¿Y el Diego? El Diego se ríe y llora al mismo tiempo, la parodia del artista de la feliz tragedia le viene al pie. Su historia cargada de sentido prosaico se nos ha clavado allá arriba a la izquierda, en el rincón de las ánimas. Su sonrisa trasmite sensaciones inatajables.

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