jueves, enero 28, 2010

Tres retazos de un verano caliente



Por Don Cósimo
La noche del poeta pobre
Es al pedo (empujar cuando la piiiiiiip es corta, diría el tío Pepe[1]), los poetas pobres preferimos la noche, la deseamos, la necesitamos. Necesitamos la soledad que la noche engulle entre sus fauces, aún estando acompañados. Creemos en esa estridencia de la sorda oscuridad que provoca lo que no se deja ver, así como también la mortecina luna refregando su panza por las nubes desperdigadas, que parecen pedazos de algodón que alguien dejó olvidados en el vidrio que sostiene el universo. Nos engolosinamos con la solemnidad de los vagabundos arrastrando sus restos de porquerías, que la-gente decente tiró a la mierda. Nos encantamos con el canto de las alcantarillas y salidas de aire en plena madrugada. Amamos a pierna suelta y corazón tendido las socarronas risotadas, carcajadas de las brujas, que las mujeres bellas e inteligentes lanzan cuando se emborrachan.
Dos caballeros
Un silencio de catedral se produce cuando dos amigos, en plena noche, se encuentran para tomar una cerveza, se toman las manos y se acercan las jetas, no mucho, sólo un poco, y luego se dejan caer en sus aposentos. Al rato, después de observar los alrededores y descubrir maravillas que cada uno se guarda para su registro de ensoñación, comienza el diálogo sobre estupideces tan mundanas que dan asco, luego vienen los comentarios sobre las vidas de los otros, aparecen de a poco las historias vividas apenas una vez, pero resucitadas más de un millón de veces, que cada vez suenan más alucinantes, tanto que estos señores se convencen de haberlas vivido, y ahí vienen los suspiros junto con la fase de la contemplación, la filosofía se hace añicos en la filosa lengua de estos dos caballeros, quizás sea conveniente la retirada, pero ahora vienen la mejor parte, la tanguidolencia mítica del cuadro patético del amigo que confiesa estar harto de acostarse siempre con la misma mujer, de ya no querer ni tampoco saber cómo disimilar el deseo de saborear el culo de todas las que pasan por la vereda… continúa el silencio, pasa un fantasma que la noche desdibuja y disfraza con el humo de un cigarrillo…
Incondicional.
A pesar de que sus frases eran famosas, sonoras y hasta ocurrentes, a la palabra “incondicional” le gustaba usarla siempre. Si alguien le preguntaba sobre algún asunto político, el tío Atilio se ponía serio, pensativo, fruncía el seño y largaba una de esas peroratas sobre todo tiempo perdido fue mejor, y al final, después de una larga pausa, remataba con su palabra preferida y suelta: “incondicional”. Muchas de las veces, la mayoría, la palabra en cuestión no tenía correlación con la frase que le antecedía, pero al tío Atilio eso no le importaba, a él le gustaba el significado y el significante que encerraba, en cierta forma le seducía su configuración. El prefijo “in” de la negación, pero no de cualquier negación, sino la negación de la “conformidad”, la no-conformidad, eso era lo que le seducía y le agradaba de la palabra. A diferencia de sus hermanos y vecinos, el tío Atilio manejaba un vocabulario bastante frondoso, a pesar de que no leía más que el diario del domingo, porque tuvo el privilegio de terminar la escuela secundaria, práctica que estuvo vedada para el resto de sus catorce hermanos. Más de una vez le sugerí algunas lecturas que creí le podría interesar, y de echo le interesaban, pero jamás leyó nada más que el diario o algún suplemento de economía o cultura. Le gustaba citar algunas frases deshechas de Platón o Aristóteles, que seguramente le quedaron grabadas de la escuela, y hasta le escuché otras en latín, resultado de su corta pero intensa experiencia como monaguillo en la Iglesia del pueblo donde nació. Lo mejor de Tío Atilio es que siempre tenía una solución para los problemas. Sentado en el sillón de mimbre del patio interno y escuchando desde ahí el televisor encendido en la cocina, donde corrían desperdigadas las noticias del mundo, él esperaba los últimos comentarios del locutor para esgrimir su frase favorita: “sólo pido un ametralladora y cinco minutos de impunidad… (pausa, canto del canario, risas de los nietos) y juro que con eso seré incondicional”.

[1] Comencé este relato con cierto resquemor, sucede que no hace mucho me desayuné que ese dicho del tío Pepe, tan festejado por su barra de fans, era un latiguillo fácil que usaban los milicos en la colimba, como yo me salvé del servicio militar por tener varicoceles (había que tener mucho huevo para salvarse de la colimba en los noventa), no sabía de su procedencia. Pero por suerte lo tengo a Lacan aquí a mi lado, que me explica el juego nebuloso de los significados, el fantástico mundo de la metonimia y la fascinante sublimación del placer, y de esa manera intentaré decontruir la “frase”, despegarla de su núcleo nefasto, para recontruirla luego alrededor de un significado más acorde con la figura y el espíritu “sanchopancesco” del tío Pepe.

No hay comentarios.: