miércoles, octubre 28, 2009

Baile de Disfraces


Una maleta de viaje y una foto de una chica con cara de boba, eso era todo lo que le quedaba de su formi dable fortuna. Sin contar la foto y una muda de ropa interior, la maleta estaba vacía. Eran las ocho de la mañana de un sábado que prometía ser caluroso. En uno de sus bolsillos le quedaba apenas dinero para el pasaje y dos galletitas Terrabusi. Tenía una sed de diablo y muchas ganas de tomar un café, pero su pre supuesto no le alcanzaba nada más que para regresar. La noche anterior había tenido la precaución de esconder dos billetes dentro del zapato izquierdo, en ese momento pensó que lo hacía por cábala, pero ahora comprendía que ese acto había sido otro reflejo de su instinto. Pensaba en esto mientras encendía el último cigarrillo y por fin podía disfrutar de algo. Como cada vez que perdía, él se acordaba ahora de una de sus primeras novias, ella siempre le decía que no se debía subestimar a nada ni a nadie, que todos tenemos capa cidades ocultas, que la suerte y la estupidez bailan juntas en una fiesta de disfraces. Reflexionó además, que ella se parecía mucho a este pueblo del que estaba huyendo: tranquila, amable, sencilla, de muy perfil bajo, pero inexplicablemente tentadora, irresistible y perjudicial para su fortuna. Una mañana de verano muy parecida a esta, ella había huido en el descapotable rojo del muchacho, dejándolo a él en pelotas en la mitad de la ruta, con una mano atrás y la otra adelante, esperando en vano que todo fuera un chiste, una broma más de la dulce Cari. En aquella época él era muy joven y no le importó mucho la pérdida del descapotable, porque la vida le pro metía nuevas relaciones que traerían mejores tentaciones, incluyendo los numero sos viajes por las grandes ciudades del mundo, sus edificios, sus avenidas y sus casinos. Con los años el viaje y el juego se transfor maron en rutina, juego, dinero, mujeres, champaña, más dinero. Dejó su carrera de abogacía y se dedicó profesionalmente al juego, planeaba estrategias, estudiaba técnicas, practicaba todo el tiempo y siem pre se salía con la suya. Pero poco a poco comenzó a subestimar al azar y desde ahí las cosas le empezaron a salir mal y comenzó a perder, dejó de practicar y sólo se manejaba por su intuición. Las grandes ciudades del juego le empezaron a quedar lejos y así fue como salió a probar suerte por los casinos de los pueblos, hasta llegar aquí y ahora, sin un peso y esperando un sucio ómnibus de media distancia. Esta mañana, todo le parecía un sueño, y mientras disfrutaba del último resto del cigarrillo, de golpe vio doblar la esquina a su descapotable rojo robado hace años, y era la mismísima Cari quien lo conducía, paseando impu nemente frente a él. Por un instante tuvo la tentación de hacerle señas, de pedirle dinero para otra noche de casino, de exigirle que le devolviera el auto, de mentirle y decirle que todavía la amaba, pero su instinto le hizo razonar y recordar que en todos estos años nunca había sabido distinguir cuál disfraz llevaba puesto la suerte y cuál la estupidez.

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