martes, septiembre 22, 2009

Ella no te quiere.


“La hicieron para vos, desdichado,
porque en la tierra hay una sola mujer,
y ella no te quiere”.
Jorge Luís Borges.


Sos tan hermosa los días de semana, por la mañana, por las noches, que cuando te veo tan pintarrajeada, tan con perfume barato y tan dibujando ofertas de saldos y retazos, casi no te deseo ni te reconozco. Tenemos nuestros pequeños mundos adentro tuyo. Porque nos repro­ducimos a imagen y semejanza de otras ciudades, que se creen y que son más grandes y más cosmopolitas. Mientras, vos te zarandeás entre las avenidas de la vieja orbe, allí donde los turcos hacían su agosto después de la cosecha, allí y ahora como hace tiempo, curtís tu propio hall center y te gusta tanto el perfume de los persas, el regotton a de las esquinas, el chori-pan a cinco pesos...
Llevás millones de años desprotegida de nosotros, que ya no te im­porta adónde dejaste los souvenirs de casa Tía y tus vestidos de do­mingo, ni tampoco aquella pacatería de los jueves a la tarde. Sin em­bargo yo, con todas las mañas del lunes, ese puto día que nadie te quiere, me levanto temprano para olerte los restos de tu último or­gasmo ebrio de madrugada, te recorro de una punta a otra para ver como te vestís a las apuradas y salís al universo con tu pelo húmedo y lleno de arena, humo, barro… y como barrés las migajas que dejan los moribundos que todavía duermen en los bancos de las plazas. El mundo gruñe, y vos todavía no saliste de tu penúltimo ensueño.
Te odio y te amo en un mismo movimiento, porque en ese ir y venir asumo la condición de lo que soy. Pero sucede que eres limpia, sobria y ejemplar, sólo a la vista de los que te quieren ver así. Porque en verdad estás llena de historias que no se cuentan todos los días. Ve­mos el noticiero y nos enteramos de que otro crimen sucedió en tal o cual calle, que están remodelando alguna avenida, que hay un nuevo impuesto a cualquier cosa.
Es verdad que yo de pendejo sólo te conocía de vidrieras y helados con elefantitos que bailaban con una moneda, es verdad que no te he recorrido más que por las calles de los cines y los bares, que no me he hundido en tu fango madre, la verdad que ni te conozco y no sé ni de donde viene tu nombre o tu verdadera sangre.
Sos como la madre que me parió. Sos el árbol en medio del desierto, y yo me cuelgo de tus frutos, como de ellos hasta saciar mi hambre, mi sed, que a veces es atroz, y ahí reside la búsqueda, en cada mujer que camina por tus veredas, en cada ómnibus al que subo, en cada kiosco donde compro los cigarrillos que fumo y fumo apenas bajan las per­sianas.
Pero mirarte así de golpe por las ventanas entreabiertas, entre las piernas abiertas, entre las calles ardientes, entre las torres nuevas y los burdeles sucios, entre la poca gana de dejarte sola sacudiendo los lampazos, entre la abominable secuencia de la muerte muerta, entre la maravillosa serie de árboles y cables que cruzan tus venas, mirarte así de golpe me da pena y una amarillenta alegría que hace tiempo que recuerdo como si fuera hoy.
Texto extraído de un libelo póstumo del Conde Caléndulo Bonifacio.

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