sábado, septiembre 12, 2009

El Lenguaje es el Territorio

Tener un lenguaje propio nos da libertad, nos da garantías, impone además un respeto, porque ese lenguaje que habla de nosotros a imagen y semejanza es único. Será por eso que estamos tan orgullosos del lunfardo argentino, ese código presidiario y arrabalero, ese lenguaje que “se ató dos alas, la ambición de mi suburbio” y demostró que en la orilla había vida, había cultura, había ansias de cantar y escribir tal como se hablaba.

Pero sucede que aquí, en la orilla más alta de esta pampa, periferia de la periferia, al principio de los tiempos no había puerto ni arrabales, sino canales, alamedas y callejones, y el canto entonces fue otro, el habla era otra. Aquí el poeta dijo que cantaba con un “mugrón de la tierra al pecho” que lo conectaba con el surco abierto, síntesis de la mujer predispuesta al amor y a la poesía, y luego el vino trajo todo lo demás (discúlpeme Don Palorma si no lo he interpretado bien).

Sin alejarnos mucho del vino, las mujeres y las orillas, existió otro poeta que escribió una novela que no podemos dejar de leer, este debe ser el último día de nuestra vida que no hayamos leído “Dios era ol­vido” de Armando Tejada Gómez. Escrita con la prosa mágica del intelecto curtido y la nostalgia del hom­bre que vuelve en sueños a su infancia en busca de explicaciones metafísicas. A orillas del canal Cacique Guaymallén, ahí donde la cintura cósmica hace la media luna, el aroma mezcla de tierra pisoteada y patitas al escabeche nos posiciona en el centro del boliche del Turco, donde dos compadres acodados en el mos­trador comparten la botella de vino con sus miserias. El narrador nos guía sobre el habla y el movimiento de los parroquianos, todo queda tan cerca que nos parece oírlos, creemos verlos y, si nos animamos, hasta podemos invitarles con una grapa.

En un foro virtual de literatura una señora de doble apellido dice que don Armando nunca pudo su­perar el complejo de “negrito de la Media Luna, que su obra y su reconocimiento no lograron acallar “ese estigma vengativo de la orilla”, y que por eso, en las reuniones sociales y tertulias, siempre que podía de­nostaba y humillaba a los catedráticos presentes. Sucede que los poetas pobres no entienden que haga falta un método científico para explicar las causas de la inspiración.

Mientras, en otra página literaria un crítico anónimo dice: “[la novela] Dios era Olvido, abruma y aburre por la excesiva puntillosidad del lenguaje y el estancamiento en la acción en pos de una exactitud en la trascripción de los modismos lingüísticos”. Se nota que este crítico nunca paró a un mendocino para preguntarle dónde queda tal o cual calle, allí sí que se habría topado con el estancamiento de la acción, ese hueco en el espacio sin tiempo, que nuestra tonada toma y goza entre frase y frase.

Sino me creen, prueben ahora mismo salir de su casa y preguntarle a algún vecino sobre cualquier cosa, sentirán cómo la cadencia y la tonada de sus palabras flamean sobre una pasividad infinita.

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