martes, abril 21, 2009

Sospechosamente Light

“Hay días sospechosamente Light…” dice Andrés Calamaro en su canción Mi gin tonic, y es verdad, siempre es sospecho el adjetivo Light. Desde las etiquetas de los productos comestibles hasta las argumenta­ciones de los debates televisivos, las cualidades Light de las ideas y las palabras encierran un enigma nunca soluble. Los comentaristas de la ciencia social dicen que la nuestra es una era liviana y fácil, que se han perdido o desvanecido todos los principios de la modernidad, y que no quedan muchas consignas gregarias a las que asociarse, que duren más de dos o tres cesiones de terapia. “En mi época todo era Light”, dirán los abuelos del futuro a sus nietos los domingos en la mesa. “Casi nada nos importaba y vivíamos como si el mundo estuviera a punto de reventar. Sin embargo no éramos felices, sino más bien resignados adic­tos a la comida y a la tecnología chatarra”.
Los pensadores posmodernos nos ensañaron que el poder se imprime en la piel con mensajes y códigos, que los cuerpos se construyen por coacción y se miden con un tester de violencia, que el poder está en todas partes y que no hay poder sin resistencia. Además, los cuerpos se constituyen a través de microscópicas redes de información, mientras que sus laberintos de interpretación se vuelven cada vez más porosos produciendo resistencias cada vez más sumisas. Aunque sea imposible, es divertido sospechar que aquel famoso libro de Lipovesky, “La era del vacío”, haya sido inspirado por el menemismo. Durante aquella década, y a pesar de la crisis y la corrupción, nadie se quejaba ni se rebelaba mientras el kilo de asado corte “vacío” siguiera valiendo $2,50.
Hasta hace poco los hombres peleaban hasta la muerte por un pedazo de tierra gredoso y son vida, cortaban las cabezas de sus enemigos y las colgaban en una piqueta mugrienta, destruían las máquinas y se rebela­ban contra un régimen de explotación e inmundicia, un buen día dejaban de trabajar y salían a las calles a luchar por sus derechos, se reunían en casas vacías e imprimían pasquines incendiarios, soportaban horas y días de torturas defendiendo una idea, llenaban las calles y las plazas gritando contra el gobierno opresor, festejaban el triunfo electoral con banderas y niños colgando de las ventanillas de los autos, amedrentaban a la policía y arrebata­ban todo lo que podían de los supermercados, quemaban gomas en las rutas y salían a mostrar sus miserias por televisión. Todas esas cosas hacían los hombres para resistirse al poder.
Pero de a poco la vida de los cuerpos fue volviéndose más liviana.Por varias razones la gente dejó de reunirse en las plazas y se quedó mirando docu­mentales de antiguas revoluciones en el living de su casa. Hoy los cuerpos resisten por delivery, ni siquiera cocinan sus propias resistencias. Existen líneas de detergentes y champús que no contaminan el ambiente, los productos con ingredientes orgánicos están en boga, hay cámaras ocultas en el culo de cada congresista transmitiendo en vivo las 24 hs, los programas de denuncia y conciencia social llegan al pico de audiencia, sin embargo el mundo sigue siendo una porquería, ya lo vez. Un detalle, el eslogan “sospechosamente Light” de la campaña que aconseja no usar bolsas de nylon dice: “Somos todos culpables, somos todos inocentes”. Fin de la historia

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