lunes, marzo 16, 2009

Todo por 2 pesos

“Aunque me fuercen yo nunca voy a decir, que todo tiempo por pasado fue mejor, mañana es mejor!!!”

Así pensábamos los estudiantes a fines del siglo XX, nada podía ser peor que el régimen de la “pizza con champagne”. No había laburo para los jóvenes porque no teníamos experiencia, no había laburo para adultos porque no conocían las nuevas tecnologías, ni había laburo para los viejos porque a las muertes laborales nadie las cubría. ¿Qué podíamos hacer entonces? Ir a la Universidad Pública. En teoría allí todos somos iguales. El problema era llegar a cursar y comprar las fotocopias, si esos costos se cubrían, el resto todo era felicidad. Yo contaba con una acotado presupuesto de dos (2) pesos ($) diarios. Tenía que trasladarme desde Mayor Drummond hasta Capital y desde allí hasta la ciudad universitaria. El boleto costaba 0,55 centavos. Si me tomaba el lujo de pagar los cuatro pasajes, mi presupuesto entraba en default. Lo que hacía era subir al colectivo, mentirle al chofer, pagar hasta Puente Olive y seguir hasta el centro, de allí pateaba hasta la facultad. Una buena estrategia era pasar a buscar una compañera con los jean bien ajustados y hacer dedo. Esa nunca falla. A la vuelta sólo era repetir la maniobra a la inversa. Es decir que sólo me gastaba $ 1,10. Los noventa centavos de ahorro entraban directo a la “colecta del niño alcohólico”, como solía decir Santiago, que significaba la ración diaria de cervezas. Tampoco teníamos el gusto bacán de sentarnos en una mesa de un drugstore, las cervezas las tomábamos en la calle. No éramos un ejemplo, por eso alguna vez algún policía nos vacío la botella en la cara, junto con el gusto a cebada se iban nuestro suspiros por las rendijas. Cuando había jornada completa en la facu, comíamos las hamburguesas de gato que vendían en la villa de enfrente, a sólo 0,50 centavos de dólar. La otra opción era entrar al comedor a tomar la “la sopa de los pobres”, sopando en ella el pan que nos robábamos de las mesas. En ropa no gastamos mucho, la ciudad se llenó de “ferias americanas” que traían ropa usada, por unos pesos te hacías de una buena campera, un pantalón y un buzo de marca. La onda “casual” nos favorecía. Vivíamos en carne propia aquella fórmula de Mario Franco, de cómo distinguir entre un hippie y un pobre: “el hippie usa un pantalón viejo con un remiendo de un color muy diferente, para que se note el parche, el pobre, en cambio, lleva un pantalón viejo con un remiendo de un color, no igual, pero muy parecido, para disimular el parche”. Pero no todo era esfuerzo y estudio, las fiestas que organizaban las agrupaciones políticas, eran un aliciente. Se organizaban siempre en salones de los gremios y sonaba casi siempre la misma música, “se viene el estallido, de tu gobierno, de mi guitarra, también”, vendían un vino muy, pero muy malo, y muy barato, situación que nos incitaba a tirar las copas hacia atrás después de cada brindis o estallar las botellas contra la pared. Eran tiempos de dictadura económica, y teníamos el tiempo justo y suficiente para estudiar, rendir y disfrutar los últimos coletazos del sueño argentino de un dólar igual un peso.

2 comentarios:

federart dijo...

Serialarts : ha detto...
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Andreievna dijo...

dictadura económica para muchos, festín y plata dulce para la clase media. Igual percibo cierta nostalgia que me hace pensar que aunque se fuerce a sí mismo no podrá evitar sentir que todo tiempo pasado fue mejor.

¿Porque quién puede tener coraje para cantar... "mañana es mejor"?