martes, enero 27, 2009

Apología de la inocencia.


Éramos cuatro, lo recuerdo bien, pero alguien huyó despavorido por temor de que nos descubrieran. El Ale sacó del bolsillo de su wrangler montana un cubito de color verdusco y nos explicó que tenía que molerlo. En medio del campito, sin luz y con la adrenalina de lo prohibido hubiera sido más práctico que lo trajera armado de su casa. Mi viejo fumaba armados y de su cajón le saqué unos cinco papelitos Ombú. Apenas pudimos hacer polvo parte del cubito el Flaco armó uno bien grueso. Yo no sabía ni fumar cigarrillos, así fue que me explicaron que debía aspirar suavecito, retener el humo en los pulmones unos instantes y espirar. El Flaco lo encendió y le dio la primera pitada, la cara que puso no fue precisamente de placer, luego tosió estrepitosamente y escupió parte de su garganta mientras me lo pasaba con un grito de ahogado. Aspiré despacio pero el humo me entró hasta los riñones, resistí lo que pude y lo dejé escapar. Mientras el Ale lo tenía en su boca pude oler su perfume y el ver arrogante hilo grueso gris perla que despedía. Repetimos la prueba dos veces más y nos dispusimos a caminar. Al flaco se le ocurrió que subiéramos a la pieza que tenía arriba del negocio de los viejos, allí se pasaba las horas tocando la guitarra y escuchando pink floyd. Nuestro estado de ánimo fue mutando de la ansiedad al júbilo y de allí a la planicie de la sensibilidad. Alguien puso play y sonó “Cantata de puentes amarillos” suponiendo que la marihuana nos ayudaría a entender la letra, pero fue en vano. No se cómo llegamos a AC-DC y fue lo más. Yo me la pasé imaginando el recital desde atrás del escenario suspendido a unos cincuenta centímetros del piso, mientras que sentado contra la pared el flaco jugaba con una bola multicolor que iba de la cabeza a los pies haciendo varias piruetas en su estómago. El Ale no dijo nada, pero seguro que le hacía el amor a Julia Robert en la cocina de su casa.

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