martes, febrero 19, 2008

Un dragón pasea por la ciudad
Era la noche del solsticio de invierno en occidente. La noche más larga del año. Si no me equivoco, lo vimos con Santiago cuando salíamos del cine de la calle Lavalle. Venía en contra mano por San Juan y dobló la esquina hacia nosotros. Entre el hocico, el tronco y la cola, debía haber medido unos setenta metros, sin contar las escamas que le sobresalían por los costados. Era tan ancho como la calle y tan alto que rozaba los cables. Tenía la boca abierta y los ojos saltones, que eran de un tono verde oscuro viejo. De las orejas, del lomo y de una parte de la cola, le colgaban trapos de muchos colores. Sobre todo rojos y amarillos. Del cuello también le tendían lienzos ambarinos con inscripciones chinas. Tenía las patitas muy cortas, ridículas comparadas con el resto del cuerpazo, sin embargo traía un tranco muy rápido. Si no hubiera sido porque bufaba por las narices y le salía vaporcito por el frío, habría jurado que era un carro de una comparsa primaveral fuera de tiempo. Lo que no entendíamos era de donde venía la música y el sonido del gong que lo acompañaba.

Al principio se nos dio por seguirlo, pero al llegar a San Martín el bicho se nos escapó y lo perdimos de vista. Sin tener claro bien que hacer, encaramos hacia el sur. Al llegar a Catamarca bajamos. A mitad de cuadra entramos a un drugstore, pedimos una cerveza y esperamos. Todavía no le ponían las luces violetas, ni subían las mesas con banquetas, ni tampoco venían muchas chicas a hacer la previa. Todavía era un bolichón cualquiera con las luces blancas y las mesas sucias, pero se convivía sin problemas entre fiolos y albañiles. Si no hubiera llagado Fernando no habríamos abierto la boca. Estábamos demasiados aturdidos por el televisor, había un partido de primera. Pedimos otra cerveza y sentimos que si nos quedábamos ahí, la noche se nos caería en picada. Decidimos salir a hacer la ronda habitual. Nos escurrimos por las veredas hasta la calle 9 de Julio y Montevideo, un lugar de encuentro de estudiantes, ahí nos sentamos. Pedimos cerveza y desde el teléfono público llamamos al que faltaba. Apenas Gastón cruzó la calle ya estábamos todos, sin embargo seguíamos esperando algo que nos sucediera de verdad.

La noche, testaruda y seca, se nos seguía desvaneciendo. Nos sentamos en las mesitas de la vereda, desde ahí contemplábamos el cielo brilloso, éramos los únicos que nos animábamos con tanto frío. Uno o dos bajo cero. Esa posición nos privilegiaba el contacto con la gente. Todos pasaban y nos comentaba algo sobre un dragón que se paseaba por la ciudad. Decían que se les había escapado a unos vendedores de ropa coreana. Otros decían algo de unas cachumbas indias. Todas las versiones eran confusas y se contradecían. Al correr de las horas, las historias del bicho de ojos verdes eran tan increíbles como insoportables. Nos cansamos del lugar y de la gente y bajamos de nuevo hasta San Martín. Deambulamos un rato, no sabíamos dónde encontrar un lugar calentito y sin tanto bullicio. Mientras charlábamos sobre películas. Después de varios amagues y casi sin querer, recabamos en el mismo bolichón de las luces blancas y del televisor fuerte. Ni siquiera sospechábamos como terminaría aquella noche lunga. Probamos avivarla un poco, le queríamos dar con nuestras espuelas por las costillas. Entonces nos pedimos un vino tinto en cartón, bien fiero y barato. Como era la madrugada más larga, no faltó quien no se le ocurriera relacionar aquella noche con la eternidad. El vino nos estaba nokeando feo. En medio de ese paréntesis de nebulosa los hechos se estaban sucediendo.

Las primeras imágenes que vimos fue la del accidente en la ruta. En primer plano el auto era un bollo de chapas. Las luces de mercurio se reflejaban en el asfalto. Había rocío o garúa. En el medio del brillo, la sangre. Se escuchaban gritos, pero no de dolor, eran las órdenes de los oficiales. No dejaban que se acercasen las cámaras. Lo único que se veía era el cuerpo tirado en la calle, cubierto hasta la cabeza con diarios. Ningún medio se animaba a adelantar nada sobre la identidad del cadáver. Entonces no lo sabíamos, pero presenciábamos la muerte, en vivo y en directo, de otro cantante cuartetero flagelado por la fama. Pero al ver las botas texanas de piel de cocodrilo, que sobresalían por debajo de los diarios, ahí lo reconocimos. Y cuando pudimos gritar, no sabemos si de júbilo o de lástima, el dragón metió su enorme hocico por la puerta, derivando heladeras y mesas. No hizo escalas, fue precisamente sobre nosotros. Toda su cabeza y cuello estaban dentro del salón. Pensamos que nos iba a comer, pero solo nos miró con esos enormes ojos y nos resopló en las caras. Ahora sí sabíamos porqué gritar, pero no podíamos. El bicho quiso quejarse, resoplando más fuerte y moviendo la cabeza como hace un perro mojado para secarse. Nos quedamos inmóviles, mirándolo fino. En un momento vimos como sus pupilas verdes se dilataban. Algo raro había en el contorno de sus ojos, era como un moco liviano y transparente. Parecía que el moco le molestaba. Parpadeó fuerte varias veces y se fue moviendo marcha atrás. Sus ridículas patitas habían quedado en la vereda y las movía muy despacio. Cuando logró sacar la cabeza a la calle y levantar su largo cuello, resopló de nuevo, pero esta vez fue muy fuerte, tan fuerte como nunca antes. Las narices le sonaron como una gran tuba sorda. Sonó tan grave el suspiro que vibraron todas las vidrieras de la cuadra. Después volvió la música, sonó un gong y desapareció por Catamarca hacia el este.

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