martes, febrero 12, 2008

La casita del árbol

Debió haber sido muy temprano cuando la colgó. Cuando todavía no pasaban autos por el carril. Fue quizás su gran aventura. Incluso llegó a salir en los diarios. No sé a través de quién o cómo la consiguieron, pero hasta habían colocado su foto. Rolando es famoso, exclamó con júbilo uno de nosotros. Rolando era nuestro héroe.

La hizo con madera bien resistente. Era como una gran caja de dos metros de alto por uno de ancho, o algo así. Era su “casita del árbol”. Antes que sucediera aquello de la policía y los bomberos, él había faltado varios días al colegio. A ninguno nos extrañó. Rolando faltaba muy seguido, pero como era más grande y muy inteligente, enseguida se ponía al día. Algunas veces me copiaba la tarea, pero no me copiaba los resultados, sino sólo las consignas, en poco rato ya tenía todo completo.
Rolando siempre hacía cosas para llamar la atención, como aquella tarde de nieve cuando se fabricó un trineo y se tiró cuesta abajo, varias veces, desde la lomada de las vías del ferrocarril. La nevada había sido copiosa, por eso no éramos muchos los que estábamos en la escuela. Como es habitual en días de poca asistencia, nos habían colocado a todos en un aula. Desde ahí se veía las vías y el puente de hierro. En el momento más aburrido y menos esperado de la tarde alguien lo reconoció: ¡es el Rolando! Cuando estuvo seguro de que todos lo estuviéramos mirando, levantó sus dos manos en forma de saludo y se tiró. Al llegar abajo volvió a saludar y vuelta a subir buscando más éxito. Eso antes sólo lo habíamos visto en la televisión. Rolando tenía una imaginación asombrosa y siempre que podía trataba de serle fiel.
Una tarde salimos al recreo y nos fuimos al patio de atrás. Como la escuela estaba rodeada de tela de alambre, desde ahí se podía ver el callejón que daba a la casa donde Rolando vivía con su mamá. Fue por eso que lo vimos pasar con una tremenda caja de madera sobre sus hombros, también llevaba cuerdas y una roldana. Al vernos nos hizo una seña para que no lo delatáramos. Una gran sonrisa se le dibujó apenas nos hizo la señal. No podía evitar congraciarse con su público. De seguro estaba gozando cada instante. En ese momento no entendíamos la trascendencia ni calculábamos lo que significaría aquel suceso. Pero intuíamos que a la víspera los hechos no pasarían desapercibidos. Volvimos corriendo al patio grande de adelante, nos reconocíamos cómplices, quizás tuvimos miedo, pero no dijimos nada.
A la mañana siguiente, la caja de madera colgaba de sus cuerdas y su roldana a treinta metros del piso, justo sobre el medio del carril San Martín, en Mayor Drummond, un carril de veloz cause vehicular. Nadie sabe como lo hizo, pero había atado su “casita del árbol” en las ramas superiores de dos árboles plátanos que se unían en la punta.
Si lo que quería era convocatoria, la había conseguido. Habían cortado la calle, llamado a la policía, los bomberos, los medios. Todo el barrio estaba ahí. Las maestras trataban de controlarnos y explicarnos que aquello no estaba bien, que eso no se hacía.
Lo magnífico de la historia fue ver subir al bombero por las ramas del gigante árbol, porque las escaleras del escuadrón de Bomberos de Lujan de Cuyo no alcanzaban para llegar hasta la “casita del árbol”. Se temía por la vida de Rolando.
Como el chico había desaparecido de todos sus escondites habituales, se suponía que debía estar allá arriba, muerto de miedo, sin saber como bajarse. Pero como aquella había sido una de sus grandes travesuras, nosotros también sabíamos que el castigo no iba a ser menor. Temíamos que lo echaran de la escuela o lo metieran en algún lugar peor.
Después de mucho luchar contra el vértigo y las resbaladizas ramas, el bombero llegó hasta la caja de madera. Múltiple fue su decepción de gloria cuando descubrió que allí arriba no había nadie. Rolando tampoco estaba ahí aquella mañana ¡Aquí no hay nadie!, gritó el bombero desde lo alto. Una gran alegría se nos desató a todos nosotros. Nuestro héroe seguía libre.

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