lunes, enero 07, 2008

¿Y por qué no me doma usted…?

Dice mi tía que su madre, mi abuela, la había golpeado después de enterarse lo que se decía en el galpón de embalaje. Se decía que el hijo soltero del dueño, el Pepe, la miraba y que ella también le devolvía la mirada y que se reían mucho. Mi tía, todavía avergonzada por las marcas que le quedaban en su rostro, ese día no fue a trabajar. No fue a elegir cerezas al galpón y se quedó a lavar la ropa. Entonces mi tío, el Pepe, todavía el hijo soltero del dueño, fue a buscarla a su casa. Entró y se encontró con mi abuela tejiendo en el patio, entró sin darse cuenta que mi tía refregaba la ropa en una tabla a un costado de la galería. Mi tía lo vio entrar, lo sintió pisando el patio, pero no pensaba darse vuelta, no quería que la viera así de magullada. Si él la veía con toda la cara amoratada, ella iba a tener que mentirle, no podía decirle la verdad. Cómo decirle que la Paula, mi abuela, la amable Paula, con esas manos con las que amasaba la pasta, la había golpeado por su culpa, por la culpa de los dos, por la culpa de sus miradas. Miradas nada más, nada más y nada menos. Y si no debía mentirle y decirle que se cayó y se golpeó en la noche mientras buscaba leña para el calefón o que un perro cimarrón la atacó cuando se levantó para ir al baño.

El problema no era tener que mentirle, el problema era tener que hablarle. Como poder hablarle sin que él se diera cuenta, sin que él se diera cuenta que esos golpes fueron por sus miradas. ¿Y qué pasaría si todo fuera su imaginación? ¿qué pasaría si él no la miraba más que como miraba a cualquier otra de las obreras? Sería la burla de todos y la habladuría de las otras. Las otras obreras también deseosas, también ardientes, también lo miraban llegar al Pepe con su campera de cuero, el casco y las antiparras, y se ilusionaban con que él las invitara a pasear en su moto. Quizás era una idea tonta, quizás la Paula tenía razón. Para qué pensar en el Pepe cuando todos los muchachos que la conocían a mi tía querían ser su novio. Ella era, lejos, con esos enormes ojos celestes y esa sonrisa siempre alerta, ella era lejos la más linda de todas.

En aquella tierra agreste igual había que elegir. Tierra de viñas, olivares y cerezas. En aquella tierra de calles donde nunca pasa nada. Calles donde los jóvenes se conocen desde niños y se reconocen grandes en las cosechas, los casamientos o los velorios. Calles donde lo único vertiginoso y atractivo son los obreros y las obreras que pasan en bicicleta a la mañana y vuelven para el atardecer. Calles y tardes donde lo más fantástico son las miradas y los piropos de los muchachos cuando las madres mandan a sus hijas al almacén.

En aquella tierra y justo en esa tarde, el Pepe entró al patio y le preguntó a la Paula porqué la Lina no había ido a trabajar. Mi abuela no tuvo miedo de mentir pero igual no mintió. “Está rebelde la ragazza”, dijo mi abuela. El Pepe, entre soberbio e inocente, y sin sospechar nada de lo que pasaba, le respondió: “entonces habrá que domarla”. La Lina, que se había quedado escondida lavando la ropa, al escuchar aquellas palabras tan candorosas y tan viriles, no quiso ocultarse más y eligió hacer valer su rebeldía. Se dio media vuelta y le gritó así al Pepe: “y por qué no me doma usted…?

2 comentarios:

Agustina dijo...

tengo q superar el tema de "domar", relaciones de poder hombre mujer etc...etc...y decir que esta

lindo muy lindo

(no puedo evitar aclarar q oscurece pero es q bueno no puedo evitar...!!)

Graciela dijo...

me encantó!!!, seguro que lina no iba ser fácil de domar y que terminó al revés el domado fue pepe... parece una historia sacada de algún libro de isabel allende.... me encantó!!!