lunes, septiembre 11, 2006

Media Tarde
Íbamos con mi hermana en la “aurorita”. Era un callejón largo y liso, ideal para correr en bicicleta. No había mucho que hacer; las novelas de la tarde se me hacían interminables. Rosa había llegado de lejos y parecía dispuesta a quedarse.

Sobre el manubrio derecho mi hermana llevaba la tetera repleta de yerbiado, a la izquierda el repasador que ataba las tasas y las tres rebanadas gruesas de pan. Atrás venía yo, que venía demás, pero eso hacía más arrogante la aventura.

Cuando la vimos, la acequia ya estaba ahí. Demasiado tarde para frenar. Mi hermana no supo a que atenerse: si preocuparse por la tetera caliente, por los panes, por la aurorita, por mí o por ella misma. Zigzagueamos unos metros y nos dimos de lleno al piso.

A la aurorita de se le dobló el manubrio, el yerbiado se desparramo dejando un surquito de barro verde y delatante, los panes se llenaron de tierra y yo no estaba llorando.

Cuando mi papá nos vio llegar hizo como si nada. Se tomó su media tasa de yerbiado tibio y prefirió dejar el pan para después. Lo que me dolía era no poder acompañarlo. El único lugar en donde me gustaba el yerbiado era en la mitad de la inmensidad de la viña.

2 comentarios:

Marucha dijo...

lindo relato. me gusta tu blog.

Anónimo dijo...

ME ENCANTO TU RELATO...CASI REAL. ME EMOCIONE HASTA LAS LAGRIMAS Y RECORDÉ TANTOS OTROS. TE QUIERO MUCHO. YO