lunes, abril 17, 2006

La alegría que no acampa en el desierto

El problema debemos ser nosotros y esa costumbre de deambular siempre por los lugares comunes. Nuestras caras hacen también su aporte. Ahora que hemos sido declarados de interés turístico. Porque no sólo la ciudad, los vinos y la montaña significan para el extranjero ávido de emociones “lo turístico”, si no que nosotros también somos parte del paisaje. ¿Qué tendrán que ver los lugares comunes, nuestras caras y el turismo? Sucede que en esta pequeña aldea todo el mundo se conoce, se reconoce y se hace el/la distraído/a también. Esto último es muy típico en nuestro terruño. Pero los únicos que pueden hacer esto son los turistas. Ellos han venido hasta aquí para distraerse. Nosotros, en cambio, no podemos pasar delante de la misma gente todos los días y no importarnos nada. Porque no nos importa nada. Hasta que un día el aciago azar nos pone a prueba. Uno cruza una puerta y del otro lado está él o ella que nos recibe con un “sí, sí, te conozco... de vista”. Y somos tan hipócritas que no nos cuesta nada empezar a charlas como viejos amigos. Sucede que sabemos todo de la otra persona, qué estudia, dónde trabaja, de quién es amigo, con quién se acuesta, dónde estuvo en el verano, cuando cesa su reemplazo, cuanto gana, que hacen sus hermanos, etc. Somos tan hipócritas que no reconocemos nuestro cretinismo y sospechamos que el otro no lo presiente. Es una actitud tan provinciana. Y no es que una comunidad deba ser enorme y moderna para ser universal. Si no simplemente auténtica. Pero aunque lo creamos estamos aún tan lejos de ello. Un ejemplo: el evento del año que nos representa en el mundo y atrae a los turistas resulta ser lo más falso del planeta. La Fiesta de la Vendimia representa esa fachada hipócrita de los vecinos que se comen el cuero unos con los otros e invitan a Mirtha Legrand a bendecir la mesa. Lo más auténtico sería que las reinas en sus carros llevaran una careta, así comprenderíamos de que se trata. Si se institucionalizara la farsa nos divertiríamos todos. Pero sucede que es al revés. Durante todo el año, nos hacemos los distraídos y nadie se reconoce, como si fuéramos bailando en un corzo. De repente, y durante tres días, gobernantes, artistas, trabajadores, poetas y pensadores, todos se reconocen hermanados sobre un solo objetivo: “homenajear el trabajo del hombre”, “enaltecer la victoria del esfuerzo sobre el desierto”. Durante ese trance mesiánico, el hombre, el esfuerzo, el desierto configuran una misma trama sin distinciones ni relieves. Somos todos tan buenos y trabajadores que no se entiende la miseria que nos rodea. Los docentes que protestan son unos desagradecidos. Los presos amotinados son unos desubicados. Los productores y trabajadores damnificados por el granizo son unos herejes que el señor castiga todos los años. Mientras tanto los turistas sacan fotos y sus pasajes para irse muy lejos de aquí.

texto di Cósimo Galiani cgaliani@gmail.com

7 comentarios:

rabeici dijo...

Otra manera de ser universal es contar lo que vivimos cada día en la comunidad en que nos toco en suerte vivir. Una buena forma de conjurar el embrujo de provincianismo. Lo de los turistas es tan sólo disfrutar de un producto, la autenticidad también se puede fabricar, en literatura eso se llama verosimilitud. Bienvenidos a vendisneyworld, donde hasta el ratón es beodo.

Anónimo dijo...

Gordo vamo a tomarnos una siestita abajo del parralito?

Me costo entrar, lo siber es para mi una materia previa, pero aka estoy, leyendote mi amor y acompañandote sibernetica y frenéticamente...MI AMOR!!

rabeici dijo...

kes esto????.........sibertortolos

Anónimo dijo...

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Kan-chu dijo...

podrías haber usado este texto para este año, las montañas nos hacen atemporales...(mentira: es un mal total del país).
Saludos!