jueves, diciembre 27, 2012

Spinetta según Capusotto



Luis Almirante Brown, ese delicioso personaje de Peter Capusotto (parodia-homenaje a Luis Alberto Spinetta) es una de las maravillosas creaciones del actor. Para el que no lo vio o no lo recuerda, L. A. Brown es la representación del artista incomprendido por las masas, un artista delicado y lírico, de indiscutible nivel poético, poseedor de una pluma sublime, pero con un lenguaje extremadamente “elevado” para el común del público. Alertado por su escasa conexión con las masas, el mismo personaje busca estrategias de conexión con la “lengua popular”. En su intento por desenredar su intrincado laberinto de metáforas, el artista traducirá su lírica poética al idioma de las masas populares. Los resultados serán abrumadores, la dichosa traducción de la “poesía” al lenguaje de los “lumpen” se transforman en contundentes éxitos de masividad y su correspondiente records de ventas.

Los tópicos de la parodia “capusottiana”, en este caso, son múltiples y podemos hacerles diversas observaciones con distintos niveles de profundidad analítica. Quizás el tópico más notorio es la parodia que se le realiza al mismísimo L. A. Spinetta, músico de notable respeto e intachable reputación literaria, que sin embargo se caracterizó durante toda  su carrera por un mensaje “hermético” y  una “militancia creativa” que siempre luchó en contra de lo “vago” y  lo “trivial”, lo que no significa un rechazo a lo popular, pero si una marcada “estilización” del uso de la palabra escrita y cantada. Dejaremos en el nivel de las anécdotas la consabida admiración que siente Capusotto para con la obra del músico de Bajo Belgrano, así como también la instantánea “interpelación” o “identificación” que sintiera este último al verse “retratado” en el personaje de L.A. Brown.

El tópico central de esta parodia se centra en la estrategia “bretchtiana” que utiliza el personaje para desnudar el sentido del significante y mostrar el verdadero sentido del significado, dar vuelta la escena para mostrar lo que queda oculto tras la metáfora, la “traducción” del idioma “civilizado” al lenguaje de la “barbarie”. Los ejemplos son claros, cuando el poeta lúcido y sublime canta “déjame elevar mi bruma estelar hasta el contorno de tus palabras”, lo que en realidad está diciendo es “Me pides abrigo para que tu boca reencarne... acá tengo mi bufanda de carne”. L. A. Brown argumenta que el público popular no conoce y no maneja los códigos de la academia y del “buen gusto” y por tanto adolece de un criterio cognitivo capaz de desmenuzar el sentido y la interpretación de sus metáforas, pero lo que en realidad hace el personaje de Capusotto es irse al otro “extremo” de la interpretación, al costado más “primitivo” del entendimiento, dejando al descubierto que lo que el poeta está expresando en su obra es el resultado de un sentimiento primario y tan común, como es el deseo sexual. El “poeta sublime” comparte con el obrero de la construcción los mismos intereses y las mismas necesidades relacionadas con lo sexual: “Que tal si comparten silla/ vos/ tu hermana /y esta morcilla”.

Un tercer tópico de esta parodia está dedicado a la producción masiva de “mercancías culturales”, que más que producciones artísticas son reproducciones burdas y banales, refritas imitaciones del “sentir popular”,  exacerbando lo “primitivo” y lo “bruto” y consagrándolo a través de los estadios y los teatros llenos, el “éxito televisivo” y los miles de discos vendidos. La mirada de Capussoto se hace ahora menos absurda pero gana en crítica, aunque sin perder su particular cinismo. El público en masa no siente, no piensa, no se expresa, simplemente va hacia la exacerbación de lo primitivo y se deja seducir por lo que el mercado cultural le ofrece, consume la reproducción de sus miserias y desestima lo artístico y lo “sublime”. Lo particular del personaje L. A. Brown es su interpretación de la realidad y su interferencia en ella, este artista no se deja vencer por el fracaso, se sabe un creativo incomprendido pero sin embargo logra convencer a la multitud con lo más grotesco de sus creaciones.

Hasta aquí una primera aproximación al mundo capusottiano y su posible interpretación sociológica, muy ligera, muy por encima y totalmente destinada a la crítica más voraz. Este es apenas un tímido intento de apertura al debate y a la discusión. Antes de terminar este esbozo quiero dejarles una última observación, algo alejada del análisis central y un poco caprichosa, sobre el personaje L. A. Brown. Me animo a decir que el personaje no fue creado originalmente por Capusoto sino más bien por su propio “modelo”. Quizás les ayude esta interpretación una tira cómica realizada por el caricaturista Gustavo Sala, que dibujó a un Spinetta sentado frente a una computadora intentando escribir una letra para una canción  “rolinga”. En el primer cuadro el “flaco” escribe: “me fumo un faso y me pongo reloco/como un aura de luz en el umbral” y él mismo se responde: “no…”; en el segundo cuadro escribe: “tomamos una birra y quedamos colocados/en el infinito umbral de tu luz de ti” y otra vez la rechaza: “no, no”; en el tercer cuadro intenta nuevamente: “tocamos unos rocanroles y matamos un rati/en la lúcuma del magma de tus ojos”, pero “no” tampoco le suena; hasta que en el último cuadro el Spinetta de Gustavo Sala se da por vencido: “es al pedo… nunca voy a poder hacer una banda rolinga”.

Guay con las palabras


Como todo el mundo sabe…
La historia es un proceso sin sujeto…
No hay Gardel, no hay Perón, no hay Tejada Gómez
Ni Legrottaglie, Ni Evita, ni Monzón…

No hay principio ni fin

La historia es un proceso sin sujeto…

Y por lo visto
Los pobres hoy tampoco van a hacer la revolución

Ellos no hacen ciencia,
Ellos no escriben
Ni siquiera  leen revistas como esta,


 deberían matarlos a todos… 
¿Pero quién, quién va a trabajar?

Porque como ustedes también saben,

la libertad es a nafta,
el futuro es política…

Es clara pues la razón por la que hoy nos encontramos aquí.
Presentamos una revista, más que cultura, más que política, más que ciencia, más que literatura…

Presentamos desvío cósmico, una invención, una creación, una fascinación, una constitución, una mentira…

Pero guay, porque no mentimos con los ropajes de la verdad…
Mentimos a sabiendas de la tragedia, de la muerte, de la soberbia inerte, lo hacemos a la vuelta de la esquina de la buena moral, de los pruritos, de los canticos de sirena…

No somos fanáticos, no vendemos ninguna certeza, no pedimos perdón por los muertos de nuestra felicidad…

Pero estamos convencidos de un grave error,
no deberíamos estar aquí,
no tendríamos que estar publicando palabras,
las palabras son fieras,  
las palabras son fieras que no se pueden domesticar,
las palabras no se pueden ceñir,
ellas son dueñas, soberanas, tiránicas, macabras…  muy putas y sádicas…

No deberíamos darle tanto papel, tanto lustre  e ilustración, ellas nos pueden estrangular durante el mejor de nuestros sueños… durante este mismo sueño…

Pero no tengan miedo, no es para tanto,
pero guay, porque las palabras construyen verdades, y  la verdad te vuelve loco, la verdad  te desmadra, te canta todo el día el mismo verso, te hace esclavo de todas las miserias y te deja anclado, colgado, manso y tarado…

Esta no es una revista sociocultural, es una venganza, un duelo de puñales al amanecer, pero tiene lindo sabor, está rica, tiene buena postura, se sabe hacer querer, es sencilla y suave, como toda fantasía, es terriblemente adicta a tus deseos…

Ahí la tienen, la pueden comprar, revender, la pueden quemar, denunciar, olvidar sin pena gloria, la pueden leer también, no es pecado, no es delito… pero guay!!!

Guay con las palabras….

Desierto


Llueve la lluvia como si fuera la misma en todas partes. Pero aquí, en este espacio del mundo la lluvia es única, se espera desde hace mucho y cada gota es un reflejo que no se olvida.
Me pereció verlos abrir los brazos y cantar de alegría, de golpe lo vi verde al algarrobo, viva a la zampa, fibroso al chañar y reconocí por fin a todos los cactus florecidos. De dónde aparecieron tantos pajaritos cantando, de dónde las ranas y los sapos si hasta ayer todo era desierto amarillo y arena penetrante que secaba el paladar de las cabras y dejaba sin leche a sus crías. Ahora todo es distinto, el aguaribay parase otro árbol, más de mil brotes le han salido. Lo que ayer estaba muerto esta mañana está cantando. La lluvia cae como si nada, como si fuera cuestión de todos los días, pero hace más de un año que no llovía de corrido, una que otra tormenta perdida, una nube que apenas se le escapaban unas gotas lastimeras. A San Vicente lo han paseado de un pueblito para el otro, le han prendido velas, lo han llevado hasta a las cuadreras, a la iglesia y a la escuela, le han cantado más de cuarenta cuecas, gatos y tonadas. Creer y reventar, pero si no llovía pronto todo aquí se iba ir muriendo como una queja en silencio. Pero esta mañana el secano lavallino se hace humedal por unas horas, caen las gotas agoreras y los vaqueanos se ilusionan con que se llenen las represas. Las madres fríen sopaipillas y los niños se llenan la mirada de lluvia, el agua es vida y la vida es aquí un milagro, es cuestión de ver con qué felicidad se revuelcan las chanchas con sus crías en los improvisados charcos de arcilla, para recién allí entender un poquito algo. Apenas un poquito algo, todo aquí se raciona… hasta el razonamiento ¿Hacía falta llegar tan lejos para entender algo?
Levantarse con el Inti y saludarlo aunque no se vea, encapotado está el horizonte de un gris oscuro. Mirar a lo lejos como bajan las nubes con sus panzas llenas de agua, para que le haga cosquillas la pampa y de sus pupos suelten goteras gigantes que mojan y mojan la tierra. El aire se inunda de perfumes penetrantes y esenciales que destilan la memoria de la Pachamama. Pensar que decimos estar en medio de la nada cuando nos internamos por las huellas, cuánta ignorancia nos pesa, cuánta cultura perdida, aquí en medio del monte hay de todo menos nada. Ahí va una mara corriendo, una mulita se esconde y se entierra, un correcaminos nos desafía el paso y se pierde, aquel es un choique, eso es una araña pollito pero no tengas miedo que no pica, temele mejor al matuasto que es bicho jodido, muerde el talón y no suelta. No tengas miedo a todos estos bichos raros y ponzoñosos, ellos son la garantía de que existe la vida y que ella tiene un misterio escondido. Respirá fuerte y con ganas, que te entre el aire por todos los poros posibles, pocas veces vas a sentir la lluvia mojar las arenas y moldear las arcillas, pocas veces vas a ser testigo de la vida de una manera tan sencilla.
Quedáte unos días a convivir con el desierto, el amanecer es amarillo y el atardecer se pone rojo y misterioso, este es un lugar hermoso para sentirse pequeño, antes de dormir verás la luna como nunca te lo imaginaste, es posible que te cueste reconocer el cielo y más difícil todavía encontrar a las tres marías o al soltero lucero, aquí en el universo son millones las estrellas. Ahora y aquí sí que no te sentirás solo. Al poco rato vas a sentir la energía vibrar desde lo profundo del mundo, no te harán falta pastillas, ni drogas, ni televisión para quedarte dormido. Aunque si querés dormir tranquilo no te recomiendo que charles con los vecinos sobre los aparecidos, las brujas y los futres, aquí hay luces malas de endeveras y ver corren jinetes sin cabeza es cuestión de todas las noches. Si sentís algún sonido extraño en medio de la madrugada, se conciente que no son las cañerías, los techos de chapa, ni los colectivos que pasan, son las ánimas de los muertos mal muertos en las duelos de cuchillo, que vuelven noche tras noche a vengarse de la traición que los tiene presos. Pero no temas tampoco a los muertos, que ellos ni te junan y no te deben nada. Sentí no más lo que más puedas, sentí el aire cuando se mueve, sentí la vida en cada espina, sentí un poquito a esta tierra que está sedienta y que respira.

miércoles, diciembre 26, 2012

Configuración metonímica de una musa (cinco pasos)


1º Paso (El deseo): Supongamos que uno es un vago y lo único que uno quiere es alimentar el ego escribiendo un cuento o un poema a una chica. Bien. Pero, y aquí muchos se decepcionarán,  la materia prima necesaria no es la chica. Aunque sí algo que sólo ella nos puede brindar: su deseo de que alguien le escriba algo alguna vez. Tras este giro dialéctico (que traspasa el límite de nuestras presunciones y que tal vez no tenga nada que ver con nosotros) se configura la identidad de la musa inspiradora. 

2º Paso (La  ausencia): Téngase la precaución de que la chica configurada “musa” esté ausente cuando se le escribe. La ausencia es amiga de la inspiración y la creatividad. Sin embargo no se necesitan muchos pasos de lejanía para que la fantasía se engendre y emane sobre la superficie. Es suficiente con que la chica a quien se la escribe se quede en la  habitación contigua. Lo único peligroso de tener una “musa” muy cerca es la insostenible tentación del asedio carnal, tentación siempre proclive y poco poética.   
Se sabe de muchos escritores pobres que han dejado que la mujer que les duele se vaya de viaje muy lejos. Albergando, además o encima, la esperanza de que su ausencia le produzca éxitos y que la chica vuelva a ellos tan sólo para abrigarse bajo el glamour de las dedicatorias de un best-seller.

 3º Paso (La cotidianidad): A pesar de lo misterioso de sus apariciones una musa no es una deidad difícil de consagrar. Un poeta puede contar con un ejército de musas si así lo desea. A todas ellas le debe la armonía de sus fantochadas. A ellas les debe la inspiración y el café con leche que se enfría sobre la mesa. Muy lejos de lo que se cree, las musas lloran, ríen y se enganchan con las novelas de la tarde. Sintetizando, podríamos decir que mientras ellas se lavan el pelo con agua de lluvia en un fuentón de lata o cuelgan sus calzones en los grifos de la bañadera, puede que una brisa metafísica las envuelva en un hálito sublime y las trasforme en materia literaria y que ni cuenta se den.

Es tal la cotidianidad de las musas que un poeta se puede confundir e inspirarse con las musas del vecino. Siempre hay problemas con esto,  porque las musas no hablan y cuando se les pregunta por su patria potestad se quedan justamente como lo que son: musa. Mientras los hombres que las pretenden gritan y se amenazan con juicios y demandas,  ellas revolotean por ahí cerca o se vuelan muy lejos,  hasta que cada tanto y una vez por siglo se encarnan en canción. 

4º Paso (La única): Las musas una vez constituidas como tal no tienen nombre. Recuérdese lo difícil que le resultó a Manzi reconocer quién era Malena. Para evitar los reproches de las demás musas siempre la musa que se elige es la misma. En rigor ésta es una imposibilidad política: las musas nunca son las mismas y no siempre se escribe a una sola musa. Sin embargo su composición estelar no se permite suplencias… y no sólo por capricho... si no más bien por esa famosa excentricidad fraguada a sangre.  

5º Paso (El enamoramiento): No es un problema enamorarse de una musa. El problema es que de a poco ella deja de serlo. Deja de lado su mutismo de musa y nos llama por teléfono. Sin dar cuenta el escritor deja de escribir sobre ella y sólo se concentra en lo que le duele no poder deshacerla, hacerla humo y con una o dos palabras desterrarla de aquellos continentes por ella misma engendrados.  Pero inútil es el deseo de desbastarla sobre esa primera mentira. Decirle adiós y salir a buscar otra. Esa es la segunda mentira.


Cuentos de Verano MDZ - 2012

Las ausencias




Las ausencias pueden atrapar todo el espacio cuando se lo proponen, son capaces de aturdir el silencio, destronar la calma, desmayar gigantes, eclipsar la muerte. Las ausencias pueden. En la piel de mis manos me ha quedado el tibio calorcito, el último calorcito producido por el cuerpo de mi padre mientras se moría, despacito se fue muriendo, desvaneciendo, dejándose caer y desapareciendo, al rato ese cuerpo duro y frío ya no era él, apenas parecía un tronco seco descuajado de algún árbol. Las ausencias también matan y algunas nunca se van, quedan, como un mueble viejo, como esos aparadores pesados y llenos de platos aún más viejos e intocables, instalados en la mitad de los corredores y que no se pueden evadir. Siempre están, como si fueran un recuerdo recurrente y palpable.
Los amigos que se van lejos, que de vez en cuando pasan rápido por tu vereda porque ahora viven apurados, que te invitan a sus casas pero sus casas ya no quedan cerca y entonces todo ese ahora voy queda en el difuso mundo sordo del ya vamos a ver y se parecen mucho al nunca más y así se van las charlas difuminándose en el tiempo, de ese tiempo que no se mide en ningún aparato, que no se siente más que aquí adentro y entonces te dan ganas de gritarle que se apure en volver o que no se apure y se quede porque en cualquier momento dejaremos de ser nosotros y ya no hará falta el encuentro porque seremos otros y a los otros… a los otros ¡qué les importa! A los otros no les importa nada. Sólo a nosotros nos importa contarnos algo a esta hora de la tarde o de la noche, contarle al amigo que no está algo que queríamos decirle hace tiempo y lo guardamos para este momento, mientras las calles se siguen alargando, estirando, mientras siguen las mesas de los bares mugrientos llenándose de plástico y los carteles tienen cada vez más luces y las bandas de rock se parecen cada vez más y se acoplan sobre el mismo sonido, tanto que ya casi ni se distinguen y ni se oyen. Pero sin embargo ese amigo no está y se siente. Es extraño, pero se siente. “Te extraño”, dicen que se dice, pero los amigos hombres no decimos esas cosas, esas cosas no se dicen así. Venite a tomar una cerveza la concha de tu madre, ya te volviste puto, recabrón, lavate la chota y venite a porronear con los vagos, si te tiene recangando la otra yegua que tenés de jermu, pero si no te ha dejado ni el pucho en la oreja… chupapija!, así, de esa manera y no de otra, los hombres le decimos “te extraño” a un amigo que no está cerca.
Justo cuando me había olvidado me acordé de vos, justo cuando ya no hacía falta el esfuerzo por evadirte de los recuerdos te encuentro cruzando la calle y el tráfico estúpido que no me deja huir y tengo que abrazarte otra vez, darte un beso, preguntarte cómo estás, como si no lo supiera, como si no supiera que estás en algún lugar siempre menos ahora, porque ahora estás justo aquí al lado mío. Tengo que fingir, cómo si no supiera que estás con ese tal otro que no tiene cara de nada, que no puedo descifrarlo, que no se parece a nadie que yo conozca y que siempre saluda animoso, sonriente, creyendo que me voy a poner celoso, el muy cretino, y te hace poner nerviosa, y allí es cuando me cago en la puta calle y el tráfico estúpido que siempre cierre el paso, quizás si viviéramos en una ciudad más grande, una ciudad con más tránsito pero con más calles que se cruzan, quizás disminuyeran las posibilidades de encontrarte cruzando la calle sola o con ese tal otro que saluda animoso, que sonríe, que hasta parece contento de hacerte poner nerviosa, el muy idiota, y casi no tengo ganas de responder a tus preguntas, preguntas de cortesía, del trabajo, de la familia y tu comentario de tía solterona sobre las fotos de mis hijos que viste en Internet, que se parecen a la madre y la suerte que tuve de encontrarla y tu recurrente comentario de que vos todavía no tenés niños, y eso que Cristián se muere por tener hijos, pero que vos todavía no y la puta madre que lo parió al Cristián. Y por un momento me olvido de las ceremonias y te digo a boca de jarro que todavía sigo soñando con vos, que siempre pienso y no me imagino cómo hubiera sido con vos, y es allí cuando tu cara cambia, como en una película, cambia el plano y me mirás fijo, y el tiempo es una mentira, el encuentro en la calle es una escena que pasa junto al colectivo que rechina cuando el chofer pone segunda y vos te vas, arguyendo una demora, construyendo otra fantasía, y el tiempo queda detenido con el sonido del motor diesel, el humo, el olor a gasoil mal quemado, una nube gris y espesa sigue suspendida sobre la senda peatonal a dos metros del piso.

Un Monumento para Juan López





Juan López & Cía.

Parece que el tipo finalmente no se va a morir, pero nosotros ya le habíamos hecho el monumento. Pensábamos colocarlo en alguna plaza, después de todo el poeta tiene un trabajo llamado “Dos en una plaza”, pero el monumento se lo hicimos a él solo.

La escultura es de mazapán, que son esas coberturas de tortas de cumpleaños que una vez que endurecen no desaparecen jamás, porque era lo que había sobrado y porque después de todo, y aunque él lo niegue, Juan es un “pija dulce”. Lo imaginábamos cabalgando como un caballero del medioevo, especialmente porque cualquier héroe sentado sobre un caballo destila respeto, haya sido quien haya sido. La idea era desmontar a cualquier prócer y en su lugar colocar a Juan Mazapán. Mucha fue la desilusión al comprobar que son pocas las estatuas, salvando a San Martín, que andan a caballo por nuestras plazas. La coherencia, el pudor, el decoro y nuestras mujeres nos sugerían colocar el monumento en la Plazoleta de los Poetas, pero una vez más hicimos caso omiso a esos cantos de sirenas y preferimos pegar en donde más duele.

Pensábamos que si queríamos hacer historia debíamos “corregir” aquel momento simbólico que los historiadores llamaban absurdamente “origen de la civilización”. Don Pedro del Castillo sería destituido de su pedestal y colocaríamos en su lugar al Juan, así, con los pelitos canosos medios enrulados tirados para atrás, la frente amplia y la cara de empleado público tomando café detrás de un mostrador. ¿Quién se iba a dar cuenta? Teníamos todo planeado, el cambalache sería la noche del viernes santo.  Mientras un grupo se encargaba de pintar el monumento de Pichuco, que queda por ahí cerquita y que serviría como coartada para despistar al vecindario, a la policía, a la prensa y a la gilada, el resto se encargaba de reemplazar, así, de un plumazo, a un conquistador ignorante por un poeta de la san puta. No me digan que no era la gloria, uno de esos momentos sublimes de la existencia, un flash en medio de la noche oscura de la historia, esta vez sí que ganábamos por afano. No se ha efectuado un hecho literario de tal magnitud en todos estos tiempos chatos y aburridos, y nosotros estuvimos a punto de realizarlo, de hacerlo carne o mazapán, da igual, pero el pelotudo del Juan no se murió y ahora no sabemos qué hacer con este masacote de azúcar cada vez más duro, con las piernas encorvadas, como la tienen todos los jinetes montados pero sin caballo, y con la cara de Juan López.

Aún así la cofradía no ha desestimado su proyecto y está pensando realizar ciertas ceremonias de exorcización, especialmente luego de que algunas manifestaciones esotéricas alarmaran a la jauría. Para empezar es muy extraño que el poeta no haya muerto por razones naturales o no la hayan matado por un ajuste de cuentas ya hace rato. Esto nos lleva a pensar que tal vez Juan López sea un vampiro, y todo el mundo sabe el tipo de porquería que son esos bichos.  Pero sumado a esto se han sucedido toda una serie de eventos aún más extraños. Ya es leyenda el foul metafísico que sufriera nuestra máxima estrella del área chica, Marmat Padilla, en un potrero de la calle Limón, en El Bermejo. Nadie puede aún explicar cómo un jugador del tal calibre puede sufrir semejante lesión (un desgarro de 10 cm. en un gemelo) sin siquiera tocar el balón y sin ser obstruido por el adversario, es innegable que fuerzas gravitacionales confluyeron violentamente sobre el punto exacto del tiempo y del espacio en donde se encontraba precisamente parado el delantero. Literalmente, podemos decirlo sin equivocarnos, “le cortaron las piernas”. Por pura cortesía, amor al deporte y la nobleza que nos obliga, aunque yo creo que fue más por desidia de sus compañeros, el partido siguió su curso normal, pero sin Padilla y sin su magia. Otras de estas manifestaciones extrañas fueron el caso de Dani Poxner, afamado monologista vernáculo, cuyo embarazo psicológico lleva casi 24 meses de gestación. Inútiles son los esfuerzos de su familia para convencerlo de que la embarazada era su mujer, y no él, y que su hijo ya nació y necesita un padre que salga a buscar trabajo, realidad que el mismísimo Poxner niega y desestima argumentado que es imposible salir a buscar empleo con “esta panza así de grande y los pies hinchados”. En otro orden de cosas, pero hay que decirlo, en muy poco tiempo se hizo leyenda una historia que es una verdad a ocho voces: “cuando Facu Mercadante y el Negro Hidalgo, después de voltearse a Romina Garshabene en el baño de una confitería de la calle Emilio Civit, despertaron, el dinosaurio… todavía estaba allí”.

Por estas y otras tantas extrañas obsesiones y volviendo al monumento, debo informarles, sin ánimo de alamar a nadie, que debido a las infelices circunstancias y viendo que este pelotudo no se quiere morir por su cuenta, la comisión “Reemplazo y Mantenimiento de Monumentos Públicos” ha decidido por unanimidad darle muerte certera al poeta mendocino Juan López el próximo viernes santo en la mismísima plaza Fundacional, a la vieja usanza y sin testigos presénciales más que los que en este documento se han nombrado o se han dado por aludidos. Acto seguido, y como ustedes ya sospecharán, erigiremos su monumento.

martes, diciembre 28, 2010

Roberto


Roberto está cansado, el año se le ha venido encima como una elefanta en cinta de trillizos. El balance está en veremos, no llega a terminarlo para el 30 ni aunque lo auxilien una docena de secretarias de anteojitos. El balance es una mentira, la realidad de esta oficina vidriada es una fantasía. Roberto quisiera estar en medio de la montaña con las patas metidas en un arroyito helado, pensando en el devenir de la humanidad como si pensara en ir comprar un rodillo de alambres, o mejor dicho, Roberto piensa en el devenir de la humanidad casi todo el tiempo, mientras camina por la calle o asa a la parrilla medio kilo de mollejas, mientras va a comprar doscientos gramos de mortadela, mientras revisa el libro de compras, mientras escribe sus relatos a escondidas de sus compañeros de trabajo, cuando en rigor debería cerrar el balance del año, pero esto último está tan lejos, a millones de años luz de la realidad. Hoy Roberto tenía pensado escribir un cuentito apenas llegara a su oficina, una breve narración que se le ocurrió mientras salía de su casa y su mujer le recordaba el listado de cosas que debía hacer antes de volver. Pero su mente quedó en blanco cuando por el camino un Rastrojero rojo que salía de una lateral se le cruzó en el Acceso Este y casi se lo lleva puesto. Fue tal el julepe, que a Roberto se le borró de la mente la argumentación del relato y los pedidos de su mujer. Hizo el intento pero fue imposible, nada quedaba del relato, ni la mínima idea, ni la palabra inicial, ni el remate gracioso e inesperado que lo había hecho reír solo y a carcajadas minutos antes, justo cuando el viejo del Rastrojero se le cruzó en el Acceso. Apenas le quedaban retazos de unas presas de pollo que debía pasar a buscar por la avícola de Guaymalllén, pero no recordaba si estaban pagas o debía pasar antes por el cajero a sacar dinero. Ahora recordaba algo de un regalo para el nieto, pero tampoco sabía bien si eso su mujer se lo había pedido hoy o la semana pasada. Me cago en el viejo del Rastrojero y lo puta que las parió las patas de muslo. Ruge Roberto. Otro día más sin escribir un cuento. Otro día más sin agregarle un toque de su genio creativo a la humanidad. Otro día más sin cerrar el balance, aunque esto último esté a millones de años luz de la realidad.

viernes, octubre 15, 2010

El Profesor de Literatura II: Esa pendeja coge



"Esa pendeja coge, profesor. No me diga que no”. Quién afirma esta verdad a voces es Carlitos, celador del Centro Educativo de Nivel Secundario, que con sus 34 años ha convencido a directivos y al cuerpo docente que nadie podría ejercer mejor que él las funciones de maestranza, conserje o lustrabotas de turno. Por una particular razón, el profesor de literatura le tiene un aprecio desmesurado, sucede que Carlitos es el mejor preparador de café de todo el sistema educativo. Sabida es la satisfacción que le da a este profesor entrar a la cocina y deleitar su paladar con ese elixir del caribe. Es un misterio la razón por la cual el profesor de literatura no toma café en su casa. Las malas lenguas afirman que no tiene casa, que vive en una terraza, y se pone en duda si dicha vivienda satisface las necesidades básicas de higiene y bienestar. La duda se convierte en leyenda en aquellas mañanas cuando el profesor llega al establecimiento con la cara más pálida que un funebrero en una película de Tim Burton. La bulliciosa sala de profesores enmudece por unos segundos cuando el profesor de literatura ingresa para firmar su asistencia. Más que el paso de un ángel, la aparición del profesor se asemeja a la de un fantasma caído en desgracia. Las reaccionas ante su presencia son diversas: la profesora de química y matemáticas lo ha excluido de su cariñoso beso en la mejilla, que suele dar a todos sus colegas, gratificándolo apenas con una simple bajada de parpados. El profesor de historia, sociólogo desgravado, le tiene aprecio, pero prefiere seguir a la horda de comentarios mal habidos antes que caer en sospecha. A la profesora de biología le atacan sentimientos encontrados, por un lado se suma sin problema al desprecio colectivo, pero por otro lado le es imposible evitar la revolución hormonal que le provoca la desalineada conducta de este singular profesor. Los demás sólo miran fijamente el reloj intentando detener el tiempo y que nunca sea la hora de entrar a clases. Con semejante recepción, el profesor de literatura se limita al saludo formar y se despide excusando que va a pedirle un café al celador. El ingreso a la cocina está vedado a todo personal que no sea de maestranza, incluso a la directora, sin embargo Carlitos hace una excepción con el profesor de literatura, con quien intercambia opiniones de la vida cotidiana y del devenir de la humanidad, pero siempre con afirmaciones tan voraces y profundas como la que se describe a continuación: “Mire cómo le han crecido las tetas a esa pendeja, profe”

miércoles, julio 21, 2010

Los mendigos a sus mugres



Pobres mendigos dormitan en medio del tráfico de la sociedad mendocina, esta noche puede ser la última o la primera del resto de vida que les queda. Cuántas horas faltan todavía para que el sol de la mañana caliente las cobijas fragosas, cuánto vino malo hará falta para adormecer sus cuerpos tullidos antes que la escarcha de la mañana los sorprenda, cuánto más hastío hará falta para que definitivamente la muerte haga su trabajo.
Desprendidos de la historia y alagados con la fantasía popular que supone a un millonario, un actor o un exiguo científico en cada linyera que golpea la puerta, estos desgraciados no entran en las categorías sociológicas más que como un subgrupo marginado del sistema productivo, inactivos sin hogar, sin profesión, sin ascendencias ni descendencias, que no buscan trabajo ni reciben planes sociales, y que efectivamente no emitieron su voto en las últimas elecciones. Homeless, desclasados, sin techo, descalzados, sin vento, hambreados y harapientos.
Con su carácter ultra-ultrajado, durmiendo desmayados en los cajeros electrónicos, en las puertas siempre cerradas de las iglesias, en los bancos de las plazas y de las calles, esos seres sin nombre ni lugar, sin memoria ni futuro están ahora agonizando sus calores sobre las anchas avenidas de las ciudad, a orillas de los canales, debajo de un puente, o quizás en medio de los cañaverales.
La literatura los ha adoptado como mascotas entrañables, siempre fieles a sí mismos, respetuosos y sin honorarios. Simpáticos personajes nocturnos, entre misóginos y alegres, burlescos y demoníacos, ellos completan las historias fantásticas con escenas recortadas de su devenir cotidiano y de su hábitat subterráneo. Quiénes son sino esos seres mitológicos de los cuentos urbanos que aparecen y desaparecen de la escena -mientras una chica rubia sube a un taxi u otra morocha con un lunar encima de la boca cruza las piernas-, que pasan lentamente con sus harapos y sus eternas bolsas del supermercado, mugrientos y hediondos, sin que nadie se percate de ellos.
Los que escribimos esos cuentos urbanos, donde una chica sube a un taxi o tiene un lunar encima de la boca, nos creemos vagabundos de la noche y de la literatura porque hemos recorrido las calles en invierno tanto como en verano, y sin buscar demasiado hemos conectado dos o tres palabras con estos seres extraviados del universo, y ellos nos han dejado sus legados grabados para siempre. Para recompensar sus migajas de existencia, les hemos dedicado al pasar dos o tres líneas de nuestros relatos noctívagos, como decorativos, como testigos de un crimen innombrable.
En la mitad de nuestra neblina intelectual y de su miseria offside, al borde de todo y sin nada que perder, le hemos convidado con un cigarrillo y un trago de alcohol. Ante su lisergia bucólica hemos festejado y delirado con su locura inmunda, burlándonos del mundo que gira estúpidamente. Desafiando la ética de la razón consumista y barata, nos hemos envenenado con sus licores de sobriedad extrema, dejándonos llevar más allá de las conductas y de los márgenes.
Descolgándonos del hemisferio izquierdo de la “verdad humana”, mofándonos del tótem de la cultura occidental y de ese homo politucus insaciable que nos domina, los literatos y los roñosos nos hemos prometido una hermandad mentirosa y efímera, para volver después de cada noche trashumante, los poetas a sus musas y los mendigos a sus mugres.

domingo, julio 18, 2010

El Tincho elige



El Tincho elige y, como siempre, lo hace con el corazón, elige lo que siente y me elige porque me quiere, pero yo no soy bueno, él lo sabe, pero todos sabemos que el Tincho elige con el corazón y no con la cabeza.

En la cancha somos siete contra siete, y de los nuestros los únicos que la mueven en serio son el Podo al medio, a lo Bochini, Pablito al fondo, impasable, y de golpe Santy con algún remate derecho al arco, el resto somos pura bohemia. Fernando va al arco de puro acomedido y porque sabe que ese puesto le asegura el whisky detrás del poste izquierdo y un cigarrillo negro siempre en la jeta. El Pelado amedrenta con el físico y por eso lo pusimos tirado ade lante, para que le queden cerca las pelotas detenidas y los corners, si no la toca o si no vuelve después de un avance, no importa.

El Tincho acomoda la pelota en el centro de la cancha y se persigna, luego se sube las me dias negras y rojas y me mira satisfecho, como diciéndome, -viste que los elegí, viste que los quiero a mi lado, en mi equipo- . Pero él y yo sabemos que somos malos, que podría haber elegido un equipo mejor, que del otro lado quedaron todos los que saben jugar. Pero la verdad es que el Tincho no elige sólo por cariño, él intuye una técnica cuasi-romántica que supone que los sentimientos son capaces de superar por mil a la técnica escéptica, es mucho más efectiva que la escuela de la pura especulación.

La cosa es que de los últimos ocho partidos no hemos cosechado más que seis derrotas contundentes, un empate roñoso contra el reducido del Sindicado de la Carne y un dudoso triunfo contra unos pibes de séptimo grado. Este último, un histórico partido, fue el momento más cercano en que hemos sentido a la gloria sentada en nuestras piernas. El triunfo lo conse guimos con un penal cobrado después de que el Pelado se enredara con la pelota y se des plomara en el área, aplastando al abanderado de la Escuela Primaria del barrio, cuestión que nos dio mucha lástima. Ese día, después de ejecutar el penal, el Tincho lloró sin consuelo un buen rato a la orilla de la chancha, no sé si de la emoción por el triunfo o por la cara de sufri miento que puso el pibe de la pierna quebrada mientras se lo llevaban.

Pero ahora estamos en el medio de la cancha y el Tincho me está mirando y me dice con una guiñada -hoy ganamos Clau, hoy ganamos como aquella tarde del penal. Y yo que vengo con algo de asepsia por las últimas y contundentes derrotas, de golpe me ilusiono, porque yo también soy otro que no puedo más con los sentimientos, y el Tincho tiene eso que te mira con esos ojos grandotes y te pone la piel de gallina.

Entonces saca la pelota del centro con un pase para Pablito que la toca de primera al Podo, este la pisa y me la pasa, la paro y dudo un instante, el Podo se desespera y me pega el grito “por la misma”, yo la piso mientras lo veo a Santy que pica medio cruzado hacia la derecha, dudo, el Podo ya me está puteando, dudo nuevamente, amago hacer un pase largo y la vuelvo a pisar, ahí lo veo al Tincho subiendo junto al Pelado por el medio, dudo por enésima vez y cuando se la quiero tocar siento un empujón: es el Loco Ale que viene subiendo como una trompa y me la arrebata, se lleva la pelota rozando el suelo. En cuanto Pablito lo sale a cortar el Loco salta como un canguro y entra sólo al área con pelota dominada y tira un bombazo: GOL del Ale… Fernando parado en el medio de los tres palos, se ríe.

Volvemos de nuevo al centro del campo, el Tincho me vuelve a mirar con sus ojos grimosos y me la pasa como devolviéndome la confianza junto con la pelota, esta vez ni la pienso y la re viento para delante porque Santy ya entró definitivamente en offside y la tiró a la mierda por arriba del travesaño. Empezaron a pasar los minutos y nos vamos acomodando, sin embargo la flaqueza de nuestras destrezas comienzan a dar sus frutos, porque ahora Tomasi, el pales tino, hace una pared de ida y vuelta con el Loco Ale que después de dejar en el camino al Podo se la sirve en bandeja para el Turquito, que ya le ganó la espalda a Pablito y no tiene más que cruzarla suave al palo que Fernando a dejado descubierto y…Gol. Dos a cero y recién empe zamos. Este segundo gol no significó sólo la conjunción de errores personales sino también un despropósito colectivo, la vimos pasar como si estuviéramos de incógnitos en la cancha. Como todo buen capitán el Tincho vuelve al centro y nos mira desafiante y nos pega un tiro de guerra: “¡vamos carajo, que los quiero!” y escupe fuerte sobre el piso pelado.

La batalla continúa y a cada instante se ennegrece aún más nuestro horizonte, porque del otro lado quedaron siete titanes que no pierden ningún pase, que ganan todos los cabezazos, que sincronizan pases de pizarrón, y sobre todo porque de este otro lado estamos nosotros, los sentimentales. Pero a pesar del poderío del adversario, continuamos íntegros y seguros de nuestras fortalezas, porque nuestro cariño se contagia con cada pifia, la mística de nuestro equipo se agiganta en cada pelota que perdemos, el compromiso se aferra con los caños y las gambetas con las que se lucen los contrarios, la fidelidad del grupo sigue intacta a pesar de los cinco goles que ya hemos recibido al término del primer tiempo.

En notable signo de solidaridad Tomasi, el palestino, sugiere hacer un cambio y pasarse a nuestro bando, a fin de que se puedan igualar las cargas y que el partido recupere algo de dignidad. Uno de nosotros debe pasar al equipo contrario, yo me ofrezco sin más remedio, sabiendo que este debe haber sido mi peor partido, pero el Tincho se niega enérgicamente, está ofendido en su foro más íntimo, no soporta tremenda traición y me vuelve a mirar con esos ojos que te ponen la piel de gallina. Vuelvo a mi campo y respiro hondo toda mi tribulación, estamos cayendo tan bajo, tan a fondo, será imposible sublimar este karma.

Otra vez en el centro de la cancha, el Tincho me mira como diciendo –hacé de cuenta que te volví a elegir. Todavía sin entenderlo, mágicamente, sobre la mitad de la segunda parte el equipo adquiere cierto misticismo. Es cierto que ahora estamos perdiendo siete a cero, pero algo extraño nos está pasando. En menos de dos minutos ya logramos conectar tres pases sin perderla y hasta el Pelado probó al arco con un remate fuerte y cruzado, lo que obligó al ar quero arrastrarse por la chepica reseca. Una aureola de honor nos protege de los certeros ata ques del enemigo y nos damos el lujo de exigirles cierta concentración, ya no se los ve tan relajados, están algo nerviosos y hasta se han rejado un par de pueteadas entre los defenso res, sobre todo ahora que el Podo ha dibujado dos gambetas con un caño memorable y ha dado inicio a un triangulo isósceles con punto de apoyo en Pablito, que ahora la cruza de pri mera cerrando la tangente para que el Santy otra vez la mande a la mierda, sólo que esta vez a cuatro metros del palo izquierdo.

La pelota vuelve a rodar mientras el sol se va despidiendo en un atardecer alucinógeno, vio letas aureolas quedan suspendidas en el cielo simulando ser ánimas desperdigadas, metáforas de los espíritus, esta es la hora de los desgraciados, de los desprendidos del alma, de los huérfanos de gloria y honor. Quedan pocos minutos de luz y el juego agoniza, el Tincho la pisa y nos mira, su nobleza nos obliga a no retirarnos del combate sin dar la última gota de sangre que nos quede sin vergüenza.

Insólitamente estamos cruzando el medio campo con pelota dominada, el Podo bambolea su cintura y la cruza para que Santy la devuelva redonda a un Pelado iluminado, que en una ma niobra que nunca antes habíamos experimentado se deshaga de la marca y descargue para Pablito, que sube por la orilla y tras un grave error de la defensa me haga efectivo un pase para dejarme sólo frente al arquero. Este es el momento, la tengo bien atada, no tengo que dudar, no voy a pensar, ya elegí el palo menos protegido, ya puse mi mente en blanco y mi corazón se detuvo, estoy preparando el latigazo para darle con todas las ganas cuando una fuerte energía me levanta por los aires y me arrastra indefectiblemente por el suelo. Es falta del Turquito en medio del área, es penal para nosotros.

El Tincho acomoda la pelota en un imaginario punto del penal, se levanta las medias rojas y negras, se persigna, mira el cielo, nos mira a cada uno de nosotros con esos ojos grandotes que te ponen la piel de gallina, y finalmente retrocede uno, dos, tres pasos e improvisa una carrera lenta pero segura que termina largando la pelota reverendamente al centro del arco, justo ahí donde el arquero ha dejado su cuerpo pero con las piernas abiertas.

Es indescriptible la sensación de descontarle a la gloria, un mar de fuego inagotable de ca riño y zozobra nos inunda, la sangre fluye como surgida de una vertiente volcánica. El Tincho nos besa y nos abraza, nos mira y nos repite, mientras llora y grita, grita y llora: yo los elegí, yo los elegí.

Es verdad que el marcador es adverso, es cierto que somos superados en todas las áreas, no podemos negar nuestras tristes limitaciones. Sabemos que este gol de penal que festeja mos cuando el partido está prácticamente definido, quizás ni se parezca al gol de la victoria, pero un abrazo furtivo nos funde indefectiblemente con un misterio y nos deja con una duda: ¿El gusto de la victoria escéptica y tibia, hija de la técnica y el cálculo, tendrá el mismo sabor de la derrota de los que eligen con quién jugar?

miércoles, julio 07, 2010

Figuración


Figuración

Por Don Cósimo


(dedicado al Pibe Mazzoca)

Figurate que has vuelto a ser el mismo

nada te contenta
a partir del alba
te verás caer, ya sin figurar,
te verás caer.

Figuaración – Almendra - Luis Alberto Spinetta -

En la solemnidad terrestre de pedir permiso para el desasosiego, los argentinos tenemos un lugar perdido en el espacio. No sabemos en que parte ponernos a llorar sin que nadie nos vea, ni tampoco dónde encallar nuestra bravura enjuta y orgullosa, sobre todo después de recibir una derrota apabullante.

Los mundiales de futbol son una gran falacia, sin embargo cada cuatro años estamos ahí, frente a cualquier pantalla, atentos a que suceda el milagro. Sabemos que no ganaremos nada, que la ilusión es aquí una grosería a gritos, que los verdaderos ganadores son los poderosos mercaderes y los mercachifles que venden banderitas en las esquinas, pero nada de eso nos importa durante los noventa minutos. No queremos saber nada de los niños pobres y las mujeres maltratadas, de los robos a mano armada o las cuentas en el exterior. Ya habrá tiempo para eso, si algún problema surge repentinamente, ya lo arreglaremos después. Dios proveerá, como en el ´86.

Esta vez nuestro pequeño dios de barro se dejó la barba por cábala y hasta soñó con el barba del más allá, y en ese sueño el pibe de oro recibía la bendición de la mano de dios, como hace 24 años. Sin embargo, parece que aquella alucinación no bastó para evitar que el seleccionado fuera eliminado del certamen por el cuadro alemán con toda justicia.

En nuestro imaginario histórico la sagrada alegría parece que no llegará nunca. Ganamos el Oscar a la mejor película extranjera, sí, pero parece que eso no nos basta. La película no era tan buena y Darín hace siempre de Ricardo. Las Abuelas de Plaza de Mayo pueden llegar a recibir el Premio Novel de la Paz, pero el premio está algo devaluado, lo recibe cualquiera, hasta el primer negro afroamericano en llegar a la Casa Blanca lo recibe, sólo por ser negro y no hacer nada para evitar el avance de las tropas americanas sobre cualquier país mugroso que tenga una gota de petróleo. En fin, nada nos consuela.

Pero si hubiéramos llegado, no digo a ser campeones del mundo, si hubiéramos llegado a la final del Mundial de Fútbol, ¡ahhhh!, qué felices estaríamos. Habríamos cantado el himno con el pecho abierto en el acto escolar del 9 de julio junto a nuestros niños y sus blancos guardapolvos, para después irnos a festejar la fulgorosa existencia en casa de nuestros padres, a quienes abrazaríamos con la algarabía y el agradecimiento de haber tenido el coraje de engendrarnos en este territorio de héroes. A la tarde cantaríamos “dale alegría, alegría a mi corazón”con un Fito Paez enérgico y epiléptico en la repetición al infinitum de los festejos del bicentenario, que vendrían muy bien para adornar la glorieta de la independencia y la hazaña futbolera. Pero no, no llegamos ni a la semifinal y el mundo se nos mea de la risa.

Parece que no hay consuelo para los bravucones de este lado del Río de la Plata. Maradona, en el lapso de tres partidos, trasmutó su imagen de un “ídolo en desgracia con graves problemas de personalidad” para convertirse en “el encantador de la flauta”, que al son del juego vistoso transformaba a un puñado de tristes ratoncitos en once feroces gladiadores, que dicho sea de paso llevaban la camiseta pegada a la piel, para volver a ser (en 2 minutos 30 segundo) otra vez el mismo “ídolo con graves problemas de personalidad” que confunde una práctica deportiva con una experiencia religiosa.

Devueltos al piso de la realidad cotidiana, nada nos contenta, ya sin figurar.

jueves, mayo 27, 2010

Terraza


El profesor de literatura anoche tampoco corrigió los trabajos prácticos pendientes de la semana anterior, los mismos que se suman a los exámenes de la otra semana que a primeras horas de la mañana son imposibles de descifrar ¿Cómo saber por qué un adjetivo calificativo está cometiendo un acto discriminatorio o cuándo un gerundio se quedó fuera de lugar? El profesor de literatura prefiere salir a la terraza de su hogar (su hogar es una terraza, literalmente) a mirar cómo despunta el amanecer por detrás de los edificios y fumar su primer cigarrillo negro de la mañana, porque hoy tampoco habrá café, anoche se terminó lo que quedaba, y para colmo el vecino de abajo o está ausente o ha viajado a su quinta en las afueras. El profesor está solo en la mitad de la ciudad en busca de una excusa que le licencie dejarse llevar momentáneamente por la brisa veraniega. Un pequeño recreo antes que el reloj dé la hora indicada y el profesor tenga que amontonar sus papeles en un maletín y salir a cumplir con la parte del sistema educativo que le corresponde. Prácticamente desnudo, el profesor se ha apoyado en la baranda que da a la calle para contemplar el mundo que gira indiscutiblemente, sin importarle demasiado casi nada. La vecina del edificio de enfrente está mirando por la ventana al joven en slip que fuma pensativo y ha ella cerrado violentamente las persianas en manifestación de repudio. El ruido de las persianas que caen repentinamente en la mitad del silencio de la mañana despierta al joven profesor de sus ensoñaciones. Es hora de vestirse y salir a la calle.

No, no tengo las notas -esa es la respuesta que da profesor al más insistente de sus alumnos, que hace veinte días entregó su penúltimo trabajo práctico en tiempo y forma. Para qué querés saber la nota, las calificaciones son sólo una medida arbitraria en un sistema injusto e individualista – se inflama el profesor y prosigue- ¡si querés la nota, te doy la nota! El alumno no responde, sólo acepta la situación con un gesto de resignación.


La clase de hoy: texto narrativo, prosa poética. Autor: Cortázar. Obra: Aplastamiento de las gotas. El profesor lee: “Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí…” Pausa abrupta: se interrumpe la lectura. Origen de la interrupción: Sentencia vociferada por alumnos varones sentados al fondo del aula. Consigna de la sentencia: “Viejo Puto”. Respuesta instantánea e inconsciente del profesor: lanzamiento de un borrador de madera de pino de segunda calidad identificado con la insignia 1° 2°. Descripción de la sensación de las dos chicas sentadas en el primer banco: Temor, consternación y asombro. Destino del borrador: Parietal derecho del cráneo de Jonathan Calsino, supuesto vociferador del insulto. Respuesta de Jonathan Calsino luego de recibir el golpe en su cabeza: “que te pasa viejo culeao, tevamo’hacerrecagá”. Nacimiento, recorrido y muerte de la gota de sudor del profesor de literatura: cuero cabelludo, sien derecha y pelos de la barba. Respuesta del profesor frente a la amenaza de Jonathan Calsino: “Qué pasa aquí señores, qué es eso de lloriquear como niñitas remilgadas, hacen silencio que estoy leyendo”. Frecuencia cardiaca del profesor luego de la reprimenda: 180 pulsaciones por minuto. Continuación de la lectura: “aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío.”


Ninguno de sus alumnos intuye a ciencia cierta qué provocó la repentina ira del profesor, él que siempre es tan amable, tan cortés y gracioso, tan condescendiente con las humoradas, él que es, incluso, tan exagerado en sus expresiones, tan refinado en sus modales. Sin saberlo aún, el profesor se ha ganado la aprobación de la mayoría del curso. Sin entenderlo del todo, Jonathan Calsino ha dejado de ser el héroe de los descarriados para convertirse en el hazmerreír del resto de la clase.